Por Javier Vidal

Imagínate que lo que más te gusta no te está permitido. Ni en el comedor de casa, ni en las escaleras del bloque donde vives, ni en la calle repleta de papeles y charcos que esperan su momento para ser pisados antes de evaporarse, ni en un país que duerme o que en realidad cierra los ojos porque lo que hay ahí fuera da miedo: es lo desconocido. Ahí, en ese ángulo muerto medio a oscuras y que forman unos brazos ahora contraídos, ahora relajados, acompañados de una rodilla convexa y otra cóncava y dos piernas y un cuerpo que generan sombras en la pared con formas extrañas, no de cisnes, ni de cascanueces sino de penas, de movimientos, de recuerdos y demonios, vive Carmen, y en su cálido interior se levanta y se acuesta. Y claro, eso que no se puede ver pero que se siente, da miedo, sobre todo si naces en un país donde la danza es solo algo que uno practica bajo arcos de luces de neón baratos repletos de viejos que te piden baile o en las escuelas marciales con acentos rusos. Pero Carmen nunca pudo quitársela de la cabeza y Carmen nace en Madrid en el año 44, año en el que se administran las primeras dosis de penicilina y en el que sus habitantes no están para bailecitos sino que sus añoranzas miran hacia el norte por el que se respira una guerra que parece no terminar nunca.

¡Qué pesadita la niña- le decía su madre, -ya se le pasará, mujer- contestaba su padre, -¿no ves que esto que quieres hacer es una cosa de modernos o americanos?… que esos están locos- decían sus compañeras de recreo. Pero ella quería bailar tal y como le empujaba su cuerpo a hacerlo, tratando de capturar momentos precisos, preciosos, la luz del día que comienza, un caballo que galopa, el grito en su interior que es en realidad una cámara que abre y cierra su diafragma, pero que en su caso, esconde un corazón dispuesto solo a seguir funcionando si su dueña puede seguir bailando ¡BAILAR! pero pronunciado frunciendo el ceño, con la boca bien abierta, sin olor a bailarinas envueltas en tutúes de tul y dispuestas en fila india a modo de bolos sino todo lo contrario: seres humanos que se expresan con todo menos con la palabra porque para eso sirve el silencio: para no romperlo y expresar una emoción con todo lo demás.

Venga Carmen, tú sigue a lo tuyo- se repetía una y otra vez frente al espejo de la “Escuela Sindical de Coros y Danzas” hasta que reunió el dinero suficiente para ir a estudiar con Alvin Alley. La creatividad no es un interruptor que puedes apagar o encender, está siempre contigo-le repetía ese hombre inclasificable antes de pedirle que continuara, que moviera las piernas pero que aprovechara y se perdiera por el barrio y observara como la gente desaparecía bajo de los edificios de hormigón o en sus terrazas con vistas al Hudson porque los bailarines necesitan vivir para después contar, contar para después moverse, moverse para después seguir haciéndolo cuando se tumban a descansar.

Y estudiar mucho. Y respirar muchísimo. Y por inercia de unos pies maltratados que se niegan a utilizar unas Nike, la danza le lleva a buscar nuevos espacios, paisajes patrios, algo más cercanos a sus orígenes que, de la mano o el cuello o la mirada de Martha Graham, le empujan (en sentido literal) a fundar la escuela “Ritmo” en el 76 ante las caras con expresiones raras y olor a naftlina franquista que se quedan mirando con expresión de NADA. De la extrañeza a la creación de una agrupación a golpe de “kinesfera” concretada en la apertura su propia compañía, “La Compañía Carmen Senra” con la que consigue llenar un vacío y por la que pasan La Ribot, Carmen Werner, Chevi Muraday y, y , y , y muchos otros portadores del fuego del movimiento.

Y esta es la historia de una niña que se transformó en viento, de ese que se cuela por debajo de las hojas levantándolas por encima de nuestras cabezas hasta que el sol se transforma en luna y es por esa razón por lo que Carmen, que se apellida Senra, es una referencia para muchos: porque introdujo esa cosa que casi nadie entiende y que se define como danza contemporánea en un momento donde las familias seguían divididas en bandos con la intención de encontrar sentido al paso del tiempo , de las canas extendiéndose por su cabellera, siempre fiel al ritmo de sus emociones, de sus pies, del mar, de su latido nada más.

“Siempre me pregunté cómo viviría la danza cuando el cuerpo me dijera ¡basta!, cuando la memoria y los recuerdos ya no quisieran acompañarme…Miro la cartelera: las personas que me acompañaron en mi trayectoria profesional, están en la escena a pesar de las dificultades que tienen para desarrollar su trabajo en nuestro país. Cierro los ojos y entro en un estado de relajación que se manifiesta con una sonrisa; una respiración profunda se convierte en melodía y me hace bailar por dentro.”

Carmen Senra.

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