Diciembre de 1808. Las tropas de Napoleón entran en Madrid. Después de la derrota en Bailén, el emperador no quiere más errores. Entra decidido a someter la ciudad y proclamar rey a su hermano José de Bonaparte. Poco pueden hacer los madrileños frente a la superioridad de las tropas imperiales. El ejercito francés entra por el norte y acampa en un olivar, tomando como cuartel general una pequeña aldea de apenas 700 habitantes: Chamartín de la Rosa. Allí preparaba una entrada triunfal en la capital.

Los mapas urbanos de Madrid del siglo XIX muestran una ciudad que termina en Cuatro Caminos. El barrio de Tetuán, pertenecía al municipio de Chamartín y gracias a la antigua carretera de Madrid a Francia, la actual Bravo Murillo, la zona se fue poblando poco a poco de viviendas y Madrid desbordó sus propios límites administrativos. La bifurcación de la carretera de Francia y el camino a Chamartín, por la calle de Mateo Inurria, es lo que conocemos hoy como la Plaza de Castilla. En dicha carretera se levantaba el Portazgo, donde pasaban las mercancías traídas a la ciudad y en el centro de la plaza, el famoso Hotel del Negro, donde coincidían los vecinos de Tetuán de las Victorias y de Chamartín de la Rosa en sus fiestas y diversiones nocturnas, con las comitivas fúnebres que se dirigían al desaparecido cementerio de Chamartín. Al sur la alta burguesía y aristocracia madrileña se citaba en el hipódromo de la Castellana, hoy Nuevos Ministerios. Corría el año 1900.

El proyecto de continuar el Paseo de la Castellana, prolongando el Paseo Nuevo de las Delicias de la Princesa, la Unión Proletaria o Avenida del Generalísimo, según el contexto político en el que nos encontremos, y convertir el eje norte en el nuevo centro de negocios de Madrid estuvo rondando los despachos de las alcaldías durante años. En 1923 el Real Madrid, que por entonces disputaba sus encuentros en un pequeño campo de la calle O’Donnell, adquirió unos terrenos en Chamartín de la Rosa y construyó el Estadio Chamartín, obra de Jose María Castell, ex-jugador del equipo blanco. Preámbulo de lo que una década más tarde se convertiría en la sede definitiva del club. En 1944 Santiago Bernabéu recibe un crédito del Banco Mercantil gracias al presidente de la entidad Rafael Salgado, y se coloca la primera piedra de un nuevo estadio en los terrenos colindantes al antiguo Estadio Chamartín. El 14 de diciembre de 1944 se inaugura en Estadio Santiago Bernabéu con victoria del Real Madrid 3-1 frente al club Os Belenenses de Portugal.

En 1948 el municipio de Chamartín es anexionado a Madrid. Se traza una nueva arteria desde los Nuevos Ministerios hacia la Plaza de Castilla, una gran avenida bautizada como Avenida del Generalísimo y en su intersección con la antigua carretera de Francia se planifica construir una inmensa plaza circular: La Plaza de Castilla. El nuevo espacio urbano va cobrando vida. En 1952 se levanta el depósito del Canal de Isabel II y entre los años 1951 y 1954 en el margen derecho de la avenida, a unos 100 metros al sur de la Plaza de Castilla, se construye lo que popularmente se conocía como el Edificio Corea.

El nombre proviene de los primeros ciudadanos americanos, marines en su mayoría, que vinieron a España después de la Guerra de Corea. Algunos vecinos recuerdan aquella época en la que los americanos vinieron con su american way of life y sus costumbres nocturnas. Con el paso de los años muchos de ellos se trasladaron cerca de La Moraleja a casas bajas y adosados cerca de la carretera que les llevaba a la base de Torrejón, aunque los años que estuvieron en la zona sin duda marcaron el barrio para las décadas posteriores.

Hay investigaciones que apuntan a que el edifico Corea se llamó así simplemente por coincidir su construcción con la guerra homónima y con el contexto propagandístico del régimen, no porque los marines vinieran expresamente del país asiático. En cualquier caso se trataba de un edificio  muy moderno para su época, con unas emblemáticas instalaciones, una gran nave interior en la que había situadas diversas actividades, entre ellas un gimnasio con piscina incluida. El edificio Corea rebautizó a toda la manzana de viviendas desde el número 198 al 208 del paseo de la Castellana, con vuelta a Félix Boix, Doctor Fleming y Carlos Maurrás, donde existía un gran economato donde se podía comprar casi cualquier cosa y mucho trajín en el mercado negro de productos americanos. Todavía hoy los vecinos más mayores del barrio siguen llamando a esta zona de la misma manera: Corea.

Toda la zona se convirtió en un hervidero de nuevas formas de vida. Un fenómeno sociológico completamente nuevo aparecía allí donde los yankis tenían sus bases (Madrid, Sevilla, Zaragoza y Cádiz): el de las prostitutas, que se casaban con militares y se convertían en respetables amas de casa con un nivel de vida muy superior al de la media española. Los militares que no se casaron, sus dólares, el whisky y la prostitución marcaron los aledaños de la calle Doctor Fleming en los años 60, y aunque el régimen se planteó acabar con ello, finalmente miró hacia otro lado y decidió mantenerlo controlado en una especie de zona cero para que no se propagara como la pólvora hacia otros lugares de Madrid. Al fin y al cabo había que mantener contento al nuevo socio Mister Marshall, aunque no había ninguna garantía de que Estados Unidos auxiliara a España si ésta se veía envuelta en una guerra. Había que proteger el tacaño suministro bélico que recibíamos y no soliviantar al que disponía de un poderoso arsenal nuclear. Así que América entró por la puerta grande en Doctor Fleming transformando y fascinando a todo el que pasase por allí.

El término “Costa Fleming” lo acuñó por primera vez el reportero Raúl del Pozo guiado por la relajación de costumbres y horarios de la zona. “Y tú en qué costa veraneas? – Yo en la Costa Fleming” decía. El barrio se convirtió en la zona más golfa de Madrid en la década de los 60 y 70. Muchas personalidades de la farándula se dejaban ver por ahí. Artistas, cineastas, escritores y músicos empezaban a habitar la Costa Fleming. Empresarios, constructores, banqueros y políticos la visitaban semanalmente. Pisos de citas de lujo, bares y discotecas eran testigos de juergas hasta el amanecer y bacanales que inspiraron en 1973 la novela de Ángel Palomino  “Madrid, Costa Fleming” y tres años más tarde la adaptación de la novela al cine de Jose M. Forqué.

Podemos hablar incluso de un Sonido Costa Fleming. Un estilo musical divertido y sin pretensiones que se puso de moda en aquella época y sonaba en las boites de La Costa. Mezcla de diferentes estilos musicales, banda sonora del momento y de algunas películas estrenadas en los setenta. Un subgénero musical con tantos defensores como detractores que sonaba en los vinilos de Julio Iglesias, Nino Bravo, Los Pekenikes, Rocío Durcal o Sara Montiel. Si tenemos que encontrar un calificativo común a todas estas músicas, destacaríamos a partes iguales la falta de pretensiones, el desparpajo y el hedonismo. Se trata de una música hecha por y para el placer. Despreocupada y alegre. La banda sonora de una época en la que la libertad empezaba a asomar la patita.

Grandes empresas se establecieron en la zona en los años 80. Maletines, especulación y el boom inmobiliario terminaron convirtiendo Costa Fleming en un reguero de sucursales bancarias. Muchos de los comercios de antaño son supervivientes al pinchazo de la burbuja y la crisis, y hoy podemos disfrutar en el barrio de tiendas, restaurantes y bares que siguen al pie del cañón. El edificio Corea es ya un recuerdo. Diagnosticado de aluminosis a finales de los 90, las estructuras de hormigón corrían riesgo derrumbe y de desmanteló. Hoy en su lugar se alza Castellana 200,  un gran centro comercial, oficinas y hotel (todavía en proyecto) con su espectacular diseño dinámico de volúmenes, que ocupa toda la manzana. 

Hoy la Costa Fleming es un nuevo barrio. Más diurno que nocturno, dinámico, atractivo y luminoso. Multitud de locales, restaurantes, tiendas y bares abren sus puertas a vecinos y visitantes. Una excelente oferta gastronómica. En apenas unos metros la Costa Fleming nos ofrece una variedad única en Madrid llena de fantásticas terrazas tanto en verano como en invierno. Ocio, cultura y comercio, pequeñas tiendas donde la amabilidad, el trato personalizado y la atención están garantizados. El gusto por los detalles y las cosas bien hechas. La Costa Fleming ha sabido conjugar tradición, modernidad y experiencia. Negocios con más de 60 años de vida, que pasaron de padres a hijos, varias generaciones de profesionales al frente, muchas historias que contar y un gran futuro por delante.

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