Texto: Javier Vidal

A veces nuestros pasos suenan de manera diferente dependiendo de donde descansan las fascias. Un brote de hierba, un embalse de mercurio, una caca de perro, la arena que nunca se calienta de la playa de Pensacola, el frío mármol de ese hotel tan insoportablemente pretencioso…

Todo parece cambiar a cada instante. La predicción meteorológica, el tamaño del pié de Lua, la vecina del 8ºD que nació hace apenas dos años y aparenta tener cuatro, ese tatuaje de “Winona Forever” que acabó masacrado y sustituido por “Wino Forever”, la densidad de pelo, exceptuando el de Brad Pitt y, sin embargo, la música de las ciudades permanece inalterable en nuestro córtex, en ese lugar escondido en lo más alto de nuestras fosas nasales que, por una extraña razón, se conecta con la nuca y el vértice de nuestra memoria.

Para demostrarlo no hace falta ir a Nueva York, ese lugar donde la gente camina bajo tierra y los turistas miran al cielo al compás de “It was a very good year” o escupir desde lo alto de la Torre Eiffel con un parisino de padres armenios en los altavoces del último piso recordándonos que, sentados frente a un café crema, cansados pero felices, amábamos la vida. No.

Podemos ir mucho más cerca, aunque para algunos Los Ángeles sean un lugar mucho menos inhóspito que El Escorial. Vayamos a la Costa Fleming, una corea madrileña en los límites del Bernabeu y la Castellana donde resonaba el wha-wha y las congas en las fiestas yeyés de los 70 y hoy los días discurren entre la extraña tranquilidad de “Siempre es el cumpleaños de alguien” de Francisco Nixon, un saxo con olor a discoteca llena de espejos, tabaco, la ausencia de esa chica de Terrassa y la gente que se rodea de gente para sentirse vivos y al mismo tiempo no necesita más que seguir comiendo para estarlo. Lo mismo que en Malasaña, que a pesar de las putas bicicletas en las paredes y la falta de Antonio y Enrique, todavía deja ver a las chicas de plexiglás en la plaza de San Ildefonso, a algunas tan bonitas que no se han convertido en pizzas y a otros que no tienen corazón pero tienen y escuchan los Secretos. Y es que esa parte de Madrid se resiste a morir y no es raro escuchar la voz cazallera de Josele SantiagoEnemigos maldiciendo al mundo por su mala suerte o hablando con las nubes.

Pero hay vida más allá del Penta, la M30 y la R5. Carabanchel huele a gente trabajadora, locos por incordiar y decir que no a los poderosos, a Rosendo y su pelo al viento mostrándose agradecido porque sigue haciendo lo que le gusta como le gusta gracias a que muchos decidieron prestarle atención e ignorar el silencio, ese ruido tan desagradable sobre todo en invierno que ha desparecido de casi todas las ciudades. En la Elipa Los Burning y las chicas de barra sin cara de sus portadas, en Hortaleza Los Porretas con sus botellas de Mahou, Vallecas suena a Topo y SKA-P, en la Alameda de Osuna los Buenas Noches Rose, Pereza , varios aviones al minuto y unos cuantos más… 

Porque en este recorrido es muy importante distinguir el silencio de la falta de música. Moncloa, Chamberí, El Viso……muchos de estos barrios se ven preciosos bajo el sol, repletos de niños jugando y señoras que van al súper en coche y sin embargo en ellos no se escucha música, no hay un Alberto Beltrán o ese tipejo mojabragas llamado Maluma y que con sus voces construyen muros vibrantes de notas en la plaza de Cuatro Caminos. ¡Baila mi negra, baila!

Quizás tengan suerte o yo estoy sordo o simplemente la música está sobrevalorada pero, qué demonios, ¡qué triste es un barrio sin su banda sonora!

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