Omnes feriunt es la tienda de antigüedades de la calle Felix Boix. Ha cerrado. «Por cese de negocio», dice el cartel. Francesco Del Pozzo, su dueño, espera esa noche en la tienda ya embalada, la llegada del camión de mudanzas. Un pez, como un espejo, cruza el mar de su jarrón y le hace compañía. La luz menguante de una farola señala el tiempo de la acción.

-¿Qué radio calculas por el área de luz?

-No sé; en la cinta leo «Omnes feriunt»…

Se cimbrea la cinta y la abomba la brisa de noche, sujeta a las vallas. Ur y Pal ya han pasado. Ha brillado la melena y se han visto sus ojos entreabiertos en su sueño africano. Distante. Pasado.

-¿Cuánto quedará?

-¿Al tiempo de espera, te refieres, o de aquello que desearíamos podernos llevar?

–Pienso en las dos cosas. Es que oigo el «Big splash» y, otra vez más, sigo viéndola entrar, perfecta, en la piscina, la cabeza entre los brazos, anticipando ya sus dedos el brillo del agua en el bañador rojo.

-¿Pero se la oye?

-¿Que si se la oye? En mi pensamiento no, aún no se la oye; se la presiente.

-La has visto demasiadas veces. Has hecho culto del culto.

-Ur y Pal también lo saben. Qué tendrá que ver Jacques Tourneur con esto. Están en Fleming. Observa los árboles ¿qué proyectan sus sombras?

-¿Te has tomado las pastillas? Trata de dormir. Esto es una última etapa. Mira el espejo. No hay más.

-¿Qué radio calculas por el área de luz?

-No sé; no veo la «t» ¿ocho metros? Calla o duerme o si es posible, mejor hazlo simultáneamente, a la vez quiero decir.

La luz verde alcanza ahora al jarrón de Murano; lo altera con nuevos colores y la sombra transforma su perfil. Pudiera ser ya otro pero Del Pozzo lo ha visto cambiar demasiadas veces: las velas, los candiles… cuando entraba la luz por la ventana que abría al Canal Grande, se fundía con las aguas y en la jaima, la luna filtrada lo trocaba en un cuarzo palpitante. Pasa el tiempo y los objetos se encarnan. Acompañan, abandonan, se olvidan de nosotros, se humanizan y cobran estatuto de amigos. Están. Y el semáforo, que cambia ahora al ámbar, no logra despistar con su nueva luz al anticuario: es ese el jarrón que prolongó la vida de las cien orquídeas, exigidas y obtenidas en esa noche de urgencias amorosas en la tenuta de la campiña. Fue la primera vez: el autillo marcaba incansable el tiempo con su silbo y desde la veranda, con la cabeza perdida en recuerdos de la arena del desierto, la descubrió entre el bambú del laberinto: negra, armoniosa y profunda como la tipografía de los libros que amaba, que le esperaban en el estudio. Un cruce de miradas y luego ya no supo precisar el orden de la transformación en el salto. Así sería siempre: la piel o el pelo ¿en qué orden? Devorado y perdido; vivo solo para ese otro encuentro. ¿El último? En ese preciso instante se decidió su coleccionismo: cada pieza preciosa -ojalá hubiese más- sería un símbolo de una cita mortal inesperada; las iría reuniendo -ojalá hubiese más- y serían su mundo.

Esta noche, sin embargo, cerraba para siempre esa tienda de antigüedades donde las había albergado.

Un frenazo y trepida el cristal del escaparate; en el jarrón se agita el agua y el pez acelera el ritmo de su aleta caudal. Del Pozzo recuerda sacudidas y balanceos semejantes del pez la primera vez que juntos se hicieron a la mar en Tipasa. Entonces, ya a salvo en la barca, la sangre de sus manos resbalaba por el jarrón y el pez parecía querer esquivar las ondas rojas.

Las cicatrices de su garganta evocan ahora la garra y el oído vuelve a escuchar el grito mientras nada pasa en la tienda y, en su cabeza, el cartón de las cajas recrea templos y propone columnas que fueron escenario del crimen inicial.

Aquella tarde entre las ruinas, las tabas cobraban vida propia escapándose de sus manos. Se alineaban solas en combinaciones caprichosas que siempre imponían la misma lectura sin consuelo. Tantas veces las había lanzado desde que intuyó la presencia de ese ser impar y supo que amar a aquella criatura exigiría saberla encontrar. Con la ansiedad y la esperanza del iniciado pretendía que los huesos le revelasen el momento y el lugar de su próxima cita. Contra la basa sonaron las tabas una y otra vez sin ofrecer una respuesta diferente. Un sacrificio era ineludible, debía correr la sangre y los astrálogos precisaban la cantidad que debía hacer manar de una misma fuente. No daban otra opción y, además, gravaban la ofrenda con la exigencia de un tributo adicional y luctuoso que Del Pozzo no lograba entender. Para cada pregunta había en aquellos tiempos una contestación, pero él no supo descifrar la mecánica que la regía en esta ocasión y confundió la respuesta. Tomó sus decisiones entre las sombras que cambiaban capiteles y arcos, alargándolos para crear nuevos espacios en los que se barruntaban presencias.

Su colección era entonces reducida: el jarrón con el pez, los Epithalamia bodonianos, unas sedas de Venecia, el bastón en el que el delfín y el ancla del puño aportaban prestancia a su cojera, aunque resultasen insufribles en la mano y poco eficaces como soporte. Cerraban la cuenta de objetos preciosos una funda de cordobán donde guardaba las tabas -un precioso trabajo de repujado perfumado de ámbar- y algunos pares de guantes y de medias de seda; una seda fina y tan viva que al trasluz devolvía el moldeado de brazos y piernas que algún día, tal vez, pudieran venir a vestirlos. Deprisa, desplegó los objetos presentándolos de una forma simbólica, dos triángulos isósceles superpuestos. Esto no lo habían prescrito las tabas, pero lleno de dudas sobre su interpretación de lo que había sido dicho, consideró que reforzar con símbolos la prescripción de los huesos serviría para que su acción se ajustase al dictamen.

Las medias, sí, las medias. Las medias y el libro. Junto al capitel corintio. Derribar, asfixiar y dejar que el libro encontrase el hueco preciso; al fin y al cabo, era el natural destino de los textos: abrirse el camino para habitarnos.

No fue ni tan rápido ni tan literario. Torpe, resolvió como pudo lo que no se le había impuesto, recogió como pudo los objetos y se echó a correr hacia el mar tropezando entre ruinas.

Ella no vino. Confirmó lo que había intuido en la ciudad romana: que todo lo había interpretado mal en Tipasa excepto lo que Camus había alumbrado allí, que el verdadero sentido de lo que llaman gloria es el derecho de amar para siempre.

Cae la cabeza de Del Pozzo sobre el pecho.

-Francesco, tío, que te duermes. Espabila que esto va que se mata. Acaban de pasar los chicos del gimnasio. Parece mentira que a estas horas aún sigan con ganas de hacer dominadas en los andamios. ¡Qué panda! El radio de luz ya solo deja leer Omnes. Vamos fatal. No juegues más al cluedo. Es inútil. Se acabó, o algo así.

-Pero, ¡tío Francisco! No, si te lo dije, que nos lo íbamos a encontrar así. Tío, venga. No te digo, si sigue con los libros por todos lados. Qué hombre. Genio y figura. Y de todo tipo. Antiguos, modernos y mediopensionistas… Que manía de libros con el polvo que cogen y lo que abultan. Bueno, el camión ya está aquí. Las cajas, menos mal, están bien cerradas y se sabe lo que hay dentro. A ver qué podemos hacer con todo esto. Da pena en el fondo; vaya vida, tan solo siempre y siempre con un pez ¿Y el pez? Pero, no te digo, ¡si ha saltado del jarrón y está a los pies del tío…! ¿y eso que tiene en el ojo es una lágrima?

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