Por Dani Seseña

Dentro de pocos días va a hacer un año de aquella noche en que todo pasó, bajo la apariencia de que nada pasaba. El punto de encuentro (también punto y seguido): Padre Damián con Félix Boix. Llevábamos una semana hablando a través de una red social. El trabajo nos unía, el sentido (menos) común nos separaba. Ella vivía lejos y yo cerca. O al revés. ¿Quién sabe? Los mapas son muy relativos. Pero una semana antes del suceso, un link nos reunió en territorio neutro y virtual. Ella venía de resolver un crimen casi perfecto, yo salía de una película que se me había hecho demasiado larga, y una búsqueda nos llevó al mismo lugar. Ese espacio reservado para los que dudamos por sistema y resolvemos como podemos. Había mucho ruido alrededor, pero nos detectamos inmediatamente. Ella quería conocer el extremo de sí misma, y yo estaba bordeando los límites de una cordillera personal. ¿Qué buscas? Me preguntó. Un camino de vuelta que no me haga retroceder, respondí. En ese instante se nos abrió una puerta que no dudamos en cruzar. La típica puerta que solo se abre si das con la clave exacta.

Fueron siete días de mensajes indirectos en un mismo sentido, pero en dirección por determinar. Ella, quiso compartir conmigo el poso que le había dejado el crimen casi perfecto. Yo, le enseñé las heridas tras mi último rodaje en interiores. Una semana en la que ambos estábamos descubriendo que crimen y película necesitaban otro punto de vista para encontrar el desenlace preciso. Decidí desclasificar parte de mi guion, decidió darme pistas. El planteamiento entonces nos llevó a construir un primer nudo.

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