“Estoy acostumbrado a recepciones por doctores y autoridades oficiales, pero hasta que vine a España nunca había recibido los aplausos de la multitud como si fuera un conquistador con éxito…” 

Sir Alexander Fleming, investigador escocés, descubridor involuntario de la penicilina, premio Nobel, salvador de millones de vidas y responsable de esta Costa que lleva su apellido y esta revista que lleva su nombre, visitó España en 1948. Invitado por el director del Hospital Municipal de Infecciosos de Barcelona, el doctor Fleming y su esposa Sarah estuvieron 20 días recorriendo la Península en jornadas maratonianas de eventos, actos y protocolo. Visitaron Barcelona, Sevilla, Córdoba y Madrid donde fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad Complutense. Asistió a un sinfín de actos académicos, culturales, gastronómicos y lúdicos, y allá donde iba, era recibido por multitudes. Cientos de españoles que se echaron a las calles aplaudiendo agradecidos por los milagrosos resultados del descubrimiento que tantas vidas ha salvado desde la Segunda Guerra Mundial, la de mi madre, una de ellas.

¡Qué mundo feliz sería si la visita del descubridor del remedio contra el Alzheimer, por ejemplo, congregase tantas personas agradecidas como el próximo campeón de la Champions! Resulta extraño pensar que hoy puedan repetirse escenas como la del Dr. Fleming en España rodeado por multitudes aplaudiendo. Y es que los valores que nos mueven en cuestiones de agradecimiento han cambiado, y mucho. También la importancia de las cosas. Estos días nos lo han recordado hábiles publicistas navideños con sus spots. Deja el whasup y habla con tu familia, comparte, agradece, vuelve a contactar con aquella persona que lo era todo para ti y de la que no sabes nada desde hace años. Lo más importante de la vida es darle importancia a las cosas importantes, decía Küppers.

Redundancias aparte, quiero insistir en el valor de las pequeñas cosas. Los pequeños detalles suelen llevar a grandes hazañas y los más insignificantes gestos pueden llevar al mas sincero agradecimiento. Las diminutas casualidades que hicieron que, en el desorden y falta de limpieza de una insignificante placa que Alexander Fleming dejó olvidada en un rincón de su laboratorio, floreciera un pequeño hongo con sorprendentes efectos bactericidas. Los millones de vidas que ha salvado la penicilina a lo largo de la historia, la ciudad de Madrid homenajeando al descubridor colocando una escultura en Las Ventas y una placa con su nombre en una calle que atraviesa mi barrio, mi abuela corriendo por las calles de Madrid una madrugada de 1944 buscando la penicilina que salvase a su hija, Chicote donde se vendía de estraperlo a precio de oro….Ni mi madre, ni yo, ni mucho menos esta revista estaríamos aquí sin estos detalles insignificantes. ¿Acaso no es para estar agradecido?

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