Las ciudades no están preparadas para las personas mayores. Vivimos deprisa y lo queremos todo para ayer. Contamos con tecnología para que aparezca un coche en casa, nos recoja y nos lleve a cualquier lugar simplemente tocando la pantalla del móvil y, sin embargo, aún parece que nos cuesta entender que atravesar una avenida con ocho carriles lleva su tiempo cuando cargas a la espalda el peso de 80 años de vida.

Cada vez nacen menos niños y vivimos más, así que vamos inevitablemente hacia sociedades más longevas y envejecidas, donde una gran cantidad de personas mayores necesitarán ser atendidas por las pocas personas jóvenes que haya disponibles… o, a este paso, por robots de cuidado. Hay quien llama a esto la silver economy. No en vano, la contribución de los sénior al PIB de la UE en 2025 alcanzará entre 5,7 y 6,4 billones de euros, duplicando prácticamente su volumen de la década anterior (un tercio del total). Pero antes de pensar en un futuro distópico, lo mejor es centrarnos en la mejor parte del alargamiento de la vida y poner el foco en las iniciativas sociales protagonizadas por personas mayores que están surgiendo últimamente.

Nuestros mayores son una mina de oro de experiencias, conocimientos y tiempo de vida. Por ello es preciso sentarse a escuchar para aprovechar todo el conocimiento y la experiencia acumulado. Esto puede tener que ver con antiguos oficios y saberes vinculados a la artesanía o el mundo rural, como hacen en el programa “Cocinas sin fronteras”, en el que un grupo de mayores enseña cocina vasca a personas migrantes para ayudar a su integración. O también a una dilatada carrera en sectores como los negocios, como hace la asociación SECOT (Seniors Españoles para la Cooperación Técnica), un grupo de empresarios y directivos jubilados que ofrecen su tiempo voluntariamente para ayudar a emprendedores y entidades sociales a mejorar sus proyectos.

Estos saberes ancestrales pueden servir de base para proyectos de innovación social al mezclarlos con conocimientos de vanguardia. Por ejemplo, el proyecto Electroganchillo con sede en el Matadero de Madrid donde un grupo de mujeres mayores acostumbradas a tejer ganchillo fueron formadas para hacerlo con un tejido especial que conducía la electricidad. Ello junto a un taller en competencias digitales permitió que este grupo de señoras fuera capaz de diseñar y programar robots para sus nietos.

Por otro lado, no debemos olvidar un fenómeno demasiado extendido en nuestras ciudades y que se ceba especialmente con las personas mayores: la soledad no deseada. Después de toda una vida dedicada a los demás, puede ser que te apetezca descansar dedicándote tiempo, pero esto no siempre es así. En ocasiones vemos cómo nuestros mayores se van quedando progresivamente sin sus amistades y sus familias se han ido alejando de ellos. Por eso existen iniciativas como Grandes Amigos que busca fomentar la convivencia entre personas jóvenes con mayores y así incidir en dos retos al mismo tiempo: la soledad no deseada, la dependencia y la necesidad de atención y acompañamiento al médico o a tareas cotidianas para personas mayores, y el acceso a una vivienda y el aprendizaje de la llevanza de una casa para personas más jóvenes.

También son muy interesantes las experiencias de cohousing, donde varias personas mayores se organizan para convivir en las mismas instalaciones, compartiendo recursos y haciéndose compañía mutua y disfrutar de unos años de calidad con gente con la que compartes aficiones y estilo de vida.

En esta sociedad hiper acelerada el tiempo es un recurso cada vez más escaso. Sin embargo, las personas mayores a menudo se encuentran que tienen todo el tiempo del mundo. Hasta el punto de necesitar imponerse rutinas como salir a la calle, ir al médico o no perderse Pasapalabra o el programa de Juan y Medio, como forma de sentirse integrados en la sociedad. Hay muchas personas mayores que regalan su tiempo a causas que pueden facilitar la vida a otras. Es el caso del gran porcentaje de mayores que dedican tiempo a voluntariado comunitario, en colectas de alimentos, en asociaciones, en el economato social, en las parroquias, ayudando a personas migrantes con el idioma o con trámites administrativos… Por no hablar del gran “voluntariado” que hacen miles de abuelas y abuelos cada día cuidando de sus nietos para que sus hijos puedan sobrevivir en la vorágine diaria. Nunca está de más recordarlo, porque es un trabajo invisible, pero no intangible, y sin él, se desmoronaría este castillo de naipes al que llamamos sociedad del bienestar.

Finalmente, no podemos sino recordar algo muy relevante: en los últimos años cientos de miles de mayores han salido a las calles de nuestro país a reivindicar causas sociales como unas pensiones dignas. Colectivos como Olvidados por la Banca o los llamados yayoflautas se han movilizado para que quienes venimos detrás tengamos un futuro digno. Por todo ello, les debemos el mayor de los respetos y unas ciudades en las que puedan sentirse integrados y felices.

Manuel Rodríguez

Politólogo, consultor político y de innovación social en Cámara Cívica. @ManuRodriguezCC