Si una buena mañana de domingo nos apetece visitar los recuerdos del dorado Hollywood, no tenemos mas que iniciar nuestro camino por el Paseo de la Habana. Recorrer la calle hasta llegar a la Plaza del Duque de Pastrana y situarnos frente al número 5 de la avenida de Burgos. Es un paseo de apenas dos mil metros que separan el coliseo madridista del Bernabéu de nuestro olvidado Hollywood en Chamartín.

Hoy, los que fueron los estudios de TVE Luis Buñuel hasta 2015, se convirtieron en el sueño de un visionario que no aceptaba las normas establecidas por los magnates de California. Samuel Bronston quiso levantar en Madrid, concretamente en Chamartín, no una filial de la meca del cine, sino un complejo entramado de estudios de rodajes, sets, urbanizaciones e instalaciones cinematográficas que fueran autosuficientes y no dependieran del Star System, agotado por aquel entonces, o los caprichos de los altos directivos de Metro Goldwyn Meyer, Fox o Warner Brothers. En 1958, Bronston compró los estudios Chamartín, que habían sido inaugurados en 1941, por la escalofriante cifra de 80 millones de pesetas de aquella época. Gracias a esta inversión, los estudios Chamartín (en los que se habían rodado enormes películas como Muerte de un ciclista) pasaron a manos de Bronston, el cual, no tardó en rodar su primer proyecto, El capitán Jones.

Este primer paso solo sería el comienzo de su fastuosa visión de cómo debería ser Hollywood. Cerca de Las Rozas comenzó a construir los estudios exteriores que complementarían a los interiores de Chamartín. Pero el número 5 de la avenida de Burgos no volvió a ser el mismo. En 1960, apenas un año de vida del estudio, Rey de Reyes fue la primera superproducción de las que vendrían. Madrid acogió a tantas estrellas del Hollywood norteamericano que pasó de ser un lugar de visita como en los años 50s (recordemos las andanzas de Ava Gardner o Frank Sinatra, o qué decir sobre Orson Welles y sus correrías gastro etílicas) a transformarse en un lugar de trabajo cotidiano.

Bronston extendía cheques con la misma alegría que Madrid recibía a estrellas del calibre de Sophia Loren, David Niven, Yul Bryner, Charlton Heston, Alec Guinness o directores de la talla de Nicholas Ray, Anthony Mann o Henry Hathaway. Supo reunir a grandes guionistas y escritores para sus espectaculares producciones. Dotarlas de poder visual, pero con un fondo de talento creativo. Phillip Yordan, su guionista fetiche, Ben Hecth o colaboradores de excepción como el gran historiador Menéndez Pidal dieron a las películas rodadas en Chamartín ese aura de nuevo Hollywood que brotaba en las calles de Madrid. Bronston quiso ir más allá, con El Cid, visitó decenas de rincones de España para rodar los exteriores y así ampliar y promocionar su sueño de gran productor independiente. Hollywood, atento a esa jugada y recordando décadas anteriores donde aprovechaba rodar en países ajenos para abaratar costes, imitó a Bronston en esa jugada. Metro Goldwyn Meyer fue la más atrevida al llevar costosas producciones como Lawrence de Arabia o Doctor Zhivago a nuestras calles y ciudades. Pero el audaz Bronston no quiso quedarse atrás. En un arriesgado contrato con unos inversores francés, Dupont, consiguió que para sus siguientes películas rodadas en los estudios Chamartín cedieran 10 millones de dólares por proyecto. 55 días en Pekín o El fabuloso mundo del circo volvieron a teñir de glamour el barrio con rostros como David Niven, James Stewart, Ava Gardner o John Wayne. El problema vino cuando esas descomunales producciones no daban los beneficios que Dupont, como inversores, esperaban. Bronston tenía endeudado su sueño. Los rumores de falta de financiación e impagos llegaron a California, por lo que el visionario productor no encontraba a nuevas estrellas para su siguiente (y muy ambiciosa) película: Isabel de España.

Dupont inició los litigios para apoderarse de los derechos de las producciones rodadas, los negativos originales y desmantelar los estudios en la avenida de Burgos. Comenzó el embargo de un sueño. Durante diez años Bronston trató de recuperar el control, pero la negativa desde Hollywood a impulsar o distribuir sus proyectos obligó al productor a desembarazarse de los emblemáticos estudios Chamartín. Abandonados hasta 1984, cuando TVE se hizo con ellos para levantar los llamados estudios Buñuel, inaugurados en 1988 por Pilar Miró. Pero como si de una maldición se tratase, los estudios Buñuel volvieron a ser vendidos en 2014 por 32 millones de euros. Trece mil doscientos veinte millones más de pesetas de lo que pagó Bronston 50 años atrás. La magia del cine.

Es curioso comprobar, cuando uno transita por estas calles, que pisamos sin saber que estas aceras, árboles que pueblan el paseo e incluso ancianos vecinos de la zona, fueron testigos de un Hollywood madrileño. Una meca del cine en nuestras calles. Charlton Heston paseó a través de estas plazas, Ava Gardner posó su mirada en el cielo de Madrid o que John Wayne esbozó su media sonrisa bajo la sombra de un toldo en una de esas terrazas de cafetería en el Paseo de la Habana. Todos esos recuerdos, como decía aquel, esos sueños de un apasionado del cine como fue Bronston han quedado en el olvido. Cerca de la fecha de su muerte, en 1994, aún llamaba a su hija Andrea. Ella se quedó a vivir en Madrid, en casa de Lucía Bosé, cuando su padre no tuvo más remedio que abandonar España empujado por los acreedores. En esas llamadas siempre hacía la misma pregunta: “¿Aún se acuerdan de mí en Madrid?

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