Todos los vecinos formamos parte de una gigantesca conspiración a favor de la fraternidad. Lo pudimos comprobar con motivo de la guerra de Ucrania, al llenar varios camiones de ayuda humanitaria que salieron desde el barrio. Y es que, aunque la resaca de tantas crisis seguidas nos haya dejado las lenguas ásperas y los tarros de los miedos a rebosar, vemos cómo la solidaridad y la unión están al alza en estas costas. Y eso nos hace conectar y reconciliarnos con lo puramente humano que habita en nosotros. En los últimos dos años estamos encajado tres crisis globales: sanitaria, económica y bélica y, con resignación furiosa o calmada tristeza, nos mantenemos en el camino. Somos frágiles autónomos con las esperanzas quebradas y reconstruidas día tras día, una y otra vez, y vamos resistiendo los asaltos gracias, en buena parte, al apoyo de los demás y la simpatía del vecino. Y antes de que nos dé un patatús, nos reconocemos como compañeros de viaje, dibujamos media sonrisa y, con una cerveza en cualquier terraza del barrio, nos reímos de la vida que nos tocó vivir.

La ciudad tiene su propio tempo. Se construye un nuevo Bernabéu y recordamos cómo cayó Corea. Muy cerca se levantó La Puerta de Europa, que nos mostraba el camino a seguir, la ruta hacia un norte incierto, próspero y lejano, y, a su vez, la entrada a un Madrid que siempre recibe atento y cariñoso a sus visitantes. Dos torres inclinadas 15 grados que son hoy todo un símbolo de la ciudad, donde se hacen selfies los japoneses que ya no bailarán más en El Corral de la Pacheca. En el Parque del Canal imaginamos gacelas y flamencos, en vez de perros y patos. Y más al sur, en San Fernando, suenan conciertos cuando hace buen tiempo. También en la iglesia de los peces, con mi amigo José Miguel, el párroco redentorista —“¿dónde se necesita más redención que en la Costa Fleming?”— me dice. Con él tengo buenas charlas compartiendo verbenas y proyectos para un barrio mejor. Nos acompañan muchas personas: hosteleros, comerciantes y autónomos, buenos amigos que colorean nuestras calles y dan vida al barrio. Los nuevos locales que van abriendo con el entusiasmo de los comienzos, del que emprende nuevas aventuras en unas calles que cumplen ya más de un lustro. Y, por supuesto, nuestros queridos porteros y porteras, la luz del barrio, que cuidan de los mayores, los pequeños y los jardines. Profesionales y cercanos, que siempre proponen alternativas y soluciones, nunca antítesis y críticas, y que jamás compartirán esas historias inconfesables que irán con ellos a la tumba: “¡Ay Jorge, si estas paredes hablasen…”

Hablo mucho con mis vecinos (los más mayores son mi debilidad) siempre desde la fragilidad y la ignorancia, que es la única forma que tengo de entenderme con el ser humano. Y al bajar la guardia y sincerarnos, ganamos enteros en profundidad y cercanía. En ocasiones el ambiente es tan propicio y son tantas las ganas de compartir, que tenemos en ocasiones surge una “charla premium”, sin palabras huecas, con más oreja que pico y reconociéndonos en lo vulnerable. Algunas veces hay suerte y comparten su sabiduría conmigo: «Te tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir». Descubrí que la frase en realidad era de Borges, pero este consejo de mi vecino Don Mario lo archivo para relativizar todo esto que está pasando últimamente. Tengo suerte, mucha suerte de vivir la metamorfosis de la Costa Fleming, que ha dejado de ser un lugar físico para convertirse en la fraternidad de las personas que lo habitan.

Me tocaron, como a todos los hombres, buenas personas con las que convivir.