«La realidad tiene la desconcertante costumbre de enfrentarnos a lo inesperado».

Con este aforismo, la filósofa Hannah Arendt nos envía una postal desde los buenos viejos tiempos, once palabras certeras que, en la realidad de nuestro salón convertido en sitio de recreo, resuenan dentro del patio de manera distinta, cercana, menos nosotros, un poco más ellos. Si de algo podemos estar bien seguros es que cuando salgamos a la brillante luz de un nuevo día, nuestra vida ya no será igual; algo que no tiene por qué ser necesariamente malo. En ese cambio de coyuntura —la de un mundo enfermo achatado por los polos—, la proximidad adquiere otra dimensión y pasa de ser el motor rutinario del día, a un corazón sin marcapasos. El ejemplo más perfecto de que la reconstrucción solo es posible con un sencillo gesto: tendiéndonos la mano.


Porque a partir de ahora será mi barrio, nuestra comunidad de vecinos, la tienda de Pepa, el bar de Manuel, yo y mis amigos de la partida de Pocha de los jueves quienes interpretemos el papel de verdaderos agentes sociales, los únicos garantes de la buena marcha de nuestros barrios, de nuestra ciudad… y por tanto del rumbo terrestre. Y es que, a pesar de que pueda parecer una simple teoría, nadie puede ser feliz sin participar en la felicidad de los demás, nadie puede ser libre sin la experiencia de la libertad pública y nadie puede lograr sus aspiraciones sin implicarse y formar parte del mundo que le rodea.

La necesidad va a promover ese viraje en la manera de relacionarnos, precisamente porque esta crisis sanitaria afecta a todos por igual, sin clases, creencias, obra y omisión. El barrio, ese terreno propio donde andar en círculos, seguir el rumbo de los aviones y encontrarse con la diversidad será la barrera contra el miedo y su cruel inmovilismo, la trinchera de la resiliencia hecha carne, alma, flores; personas, en definitiva.

Durante todo este tiempo y mientras esperábamos el advenimiento del siglo, soñábamos con aquella persona capaz de mostrarnos la salida, el héroe con las respuestas a preguntas universales escritas en la frente. La realidad ha demostrado con creces que esa idea instalada en el subconsciente era un invento del pasado. En apenas un mes hemos intercambiado el antifaz y el traje ajustado por una mascarilla y un pijama sanitario, el individualismo justiciero por la colectividad anónima y, por esa misma razón, nuestro barrio será el ágora encargada de desbancar a la incertidumbre en la reparación de un futuro que, por primera vez en la historia, dependerá de la generosidad de todos. 

El futuro es vuestro barrio; vuestro barrio es Costa Fleming; Costa Fleming sois vosotros, vosotros sois esa mano tendida.

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