Casi nadie sabe lo que es un acerico y sin embargo, entre esa almohadilla para clavar los alfileres y la cabeza sartorial de mi creador, Mariano Arroyo Langa, se encuentra el nacimiento del que les habla, el primer traje a medida de la calle Félix Boix, allá por los remotos años 70.

Por aquel entonces yo era un garabato, una idea bordada en torno al futuro de un artesano del tweed y la franela, del merino y el cachemir y don Mariano, joven intrépido procedente de la sastrería Cristóbal.

Porque Langa aterrizó en un barrio en construcción, situado en el límite con el norte, el campo y frente al Edifico Corea, y como la aguja y el hilo, que poco a poco van dando forma a las diferentes partes de una prenda, fue creciendo, dando cobijo a familias en traje que se mezclaban con el bullicio de los barquilleros y los americanos, de los sombreros fedora y los jeans, de las corbatas de hilo y las primeras Nike.

La ciudad crecía todavía más y Mariano pintaba con tiza senderos sobre mi lana, daba volumen a los hombros dejando al descubierto un par de centímetros de los puños de la camisa, ni muy arriba ni muy abajo, en su punto, transformando una idea invisible en una pieza única. Ahí, frente a los múltiples espejos del probador enmoquetado me convertí en traje. Y es que por arte de magia —los sastres son magos y psicólogos a partes iguales— cobré vida sobre un cliente que sonreía al comprobar que su tristeza —la enfermedad de su esposa era también un poco la suya— contrastaba con el azul marino de los pantalones y la chaqueta que le acompañarían muchos años, casi a diario, contando un relato personal que al mismo tiempo era el mío, una historia con la que guardar la distancia frente a un mundo dislocado.

No volví a ver Mariano, sin embargo, amigos míos, tejidos de invierno y tres piezas, me dicen que el chaval fue perdiendo pelo y adquiriendo una reputación que traspasó fronteras. De hecho, el número 5 de la calle Félix Boix es el Savile Row madrileño, un espacio de madera barnizada cubierto por prendas de seda, zapatos con hebilla y pañuelos, frecuentado por aquellos que todavía se resisten al chándal y prefieren parecerse a Cary Grant, Sean Connery y Orson Welles, los clientes más célebres de la sastrería. Y no solo eso, al parecer Mariano sale a andar todos los días en playeras y pantalones anchos, pero se encuentra más cómodo cuando regresa al taller y trabaja con la corbata perfectamente anudada, junto a su hija, Toño y Esperanza la jefa costurera, miembros de una familia textil a la que se les escapa el tiempo entre costuras.

—Yo soy feliz aquí—solía decir en voz alta, para después seguir dando forma al patrón secreto de la elegancia: gustarse a uno mismo.

Cuento toda esta historia desde el interior de un armario en el que espero pacientemente la llegada del invierno. Durante este tiempo pensaré en Mariano, el hombre que me hizo tal y como soy, que invierte toda su energía en que el mundo se vista un poco mejor, se aleje de las modas que acortan los pantalones en demasía y se convenza por fin de que un traje sirve para muchas más cosas de las que creemos, que posee la rara capacidad de mostrar lo mejor de nuestra alma cubriéndonos parte del cuerpo, de convertirse en una casa a medida en el corazón de la Costa Fleming.

Algún día yo mismo seré dado en herencia; mientras llega ese momento no se olviden de ponerse guapos… y de pagar al sastre.

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