Elizabeth Wittlin Lipton nació en Varsovia en 1932. Hija del literato y ensayista polaco Józef Wittlin, su vida profesional ha estado ligada al diseño de interiores, así como a la escenografía y el vestuario teatral – entre otros proyectos, se encargó de la puesta en escena de obras de Calderón de la Barca como El gran teatro del mundo, La vida es sueño, La dama duende o El año santo en Madrid, representadas algunas en Estados Unidos y, otras, dirigidas por Nuria Alkorta, en Madrid -.

Tras una azarosa infancia marcada por la huida constante y el exilio, Elizabeth se instalará de manera estable en Madrid, donde sigue residiendo en la actualidad. Elzbieta llegó a España, por primera vez, en 1940, si bien, hubo de marcharse precipitadamente a Portugal con su familia para, desde allí, recalar en los Estados Unidos. A mediados de los años cincuenta regresó a la capital de España dado que su marido, el ingeniero Michael Lipton – hermano, a su vez, del director de orquesta Daniel Lipton –, fue destinado a la base norteamericana de Torrejón de Ardoz. Según cuenta en sus memorias, volvería en 1962, de modo que nos encontramos con una testigo singular de los cambios que se fueron produciendo en nuestra ciudad, década a década.

Quizá una de las impresiones que, de Madrid, podría llevarse el lector de las memorias de Elizabeth Wittlin-Lipton es que es una ciudad de contrastes: a lo largo de varias páginas, el contraste entre el blanco y el negro – contraste que se manifiesta también en Zaragoza – es tan recurrente, que el lector puede llegar a ver Madrid con los ojos de la protagonista como si de una película antigua se tratase. Ataúdes y carrozas funerarias, doctores de aspecto cadavérico o aseos alicatados de negro acaban formando un universo interconectado que proyecta una memoria inquietante y macabra de sus estancias madrileñas.

Así, durante la década de 1960, observaba desde su residencia en la calle Diego de León, 54, el paso de las carrozas fúnebres – que describe con detalle – hacia el cementerio de la Almudena en un contraste blanco-negro que no solo va reconstruyendo su memoria de Madrid sino que dota de ritmo al texto. Por su parte, los azulejos y elementos fijos negros del baño de la Pensión Mora – situada en el Paseo del Prado – contrastan con los guantes blancos de los camareros del Hotel Ritz, donde le sirvieron una sardina como almuerzo a pesar de haber sido invitados al mismo por el embajador de Polonia (del gobierno en el exilio).

Su primera impresión de Madrid la recibe al llegar en tren desde Zaragoza a la estación de Atocha:

“Tras dejar Zaragoza, una vez que el tren se acercaba a Madrid, comenzaron a aparecer edificios de cemento pelado de un color entre ocre grisáceo y hollín. Para mí, estos edificios se convirtieron en sinónimo de esta ciudad”.

Y, más adelante, señala:

Conseguí descifrar algo sobre los “señores pasajeros” cuando el tren se adentró bajo el magnificente, aunque sucio y deteriorado tejado de vidrio de la estación de Atocha de Madrid, originariamente inaugurada con el nombre de Estación del Mediodía (del Sur). […]. La luz del día se filtra a través del ahora impecablemente limpio tejado de vidrio neogótico art decó para el disfrute tanto de plantas como de visitantes.

Resultaría un artificio demasiado evidente establecer una dicotomía entre el Madrid de los años cuarenta y el actual a través de la gradación de luz y suciedad, pero Madrid no deja de proyectar una imagen tétrica incluso en la actualidad: la estación de Atocha-Cercanías le parece “un mausoleo moderno”, mientras que el monumento a las víctimas  del terrible atentado del 11 de marzo de 2005 haría “un lúgubre eco a la rotunda forma de la estación, más pequeño, aunque igualmente horrendo”.

Quizá la primera impresión que tuvo de Madrid, mientras el tren en el que viajaba llegaba a Atocha, sintetice sus sentimientos hacia esta ciudad: “Aunque la miseria en Madrid era evidente, los restos de la gloriosa Edad de Oro no se habían borrado. Esta estampa se convirtió en un símbolo del Madrid que amo”.

A pesar de estas evocaciones tan sombrías y desoladoras de la ciudad de Madrid, las memorias de Elizabet también nos llevan a un Madrid que empezaba a desperezarse tras la resaca de guerra y la inmediata posguerra: “La vida en Madrid a mediados de los cincuenta era verdaderamente un sueño […].” De hecho, estas memorias se han materializado, quizás, gracias a que pudo matricularse en varios cursos de la Universidad Complutense de Madrid, donde estudiaría poesía, Historia del Arte e Historia de la Arquitectura españolas, curso, este último, en el que tuvo como profesor a Antonio Bonet Correa cuyo hijo, Juan Manuel Bonet, fue determinante para la publicación de estas memorias. Aunque, lamentablemente, estas no nos dicen apenas nada sobre sus vivencias en la Ciudad Universitaria, sí nos presenta algunos esbozos de ese Madrid de los años cincuenta:

En Madrid los coches eran escasos, pero esquivar al transporte público era como un deporte, que quizás podría compararse con una corrida de toros”.

Un lugar emblemático que aparece mencionado es el salón de té Embassy donde nos presenta algunas de las especialidades: tartaletas de merengue de limón, los “delicados sándwiches finísimos adornados con tiernos brotes de berro” o las espumosas bavaroises.

Por su parte, nos menciona dos lugares realmente significativos y bastante olvidados, como son el Real Club de Hielo y lo que hoy se conoce como Costa Fleming.

Efectivamente, por un lado, Elizabeth disfrutaría de una divertida sesión de patinaje sobre hielo que, no obstante, acabaría con una lesión: un tobillo roto. Este episodio ocurrió en “la pista olímpica de patinaje de Madrid”, un lugar al que se refiere como Real Club de Hielo; no obstante, como no podría referirse al Palacio de Hielo y del Automóvil, por haber quedado habilitado desde 1939 como sede del CSIC, lo más probable es que se refiera a la pista de hielo de la Ciudad Deportiva del Real Madrid.

La pista se inauguró el 22 de noviembre de 1969 y contó con la presencia ministro de Información y Turismo, Alfredo Sánchez Bella; el delegado nacional de Educación Física y Deportes, Juan Antonio Samaranch; el director de deportes del ministerio francés, Marceau Crespin y con el propio Santiago Bernabéu. Tenía 61 metros de largo por 28 de ancho y podía albergar a unos 300 patinadores. Si bien vivió su momento álgido a principios de la década de 1980, en diciembre de 1988, ante el brusco descenso de usuarios, el club resolvió cerrar las instalaciones.

No muy lejos de esta pista, encontramos otro lugar singular y notable mencionado por Wittlin-Lipton: Corea o Costa Fleming. Elizabeth menciona el economato conocido como el PX, donde podían encontrarse alimentos y bienes de consumo directamente llegados de los Estados Unidos. Dicho economato se encontraría “localizado en una zona hacia el final de la avenida del Generalísimo (hoy Paseo de la Castellana), bautizada por los españoles como “Corea”.

Realmente, fue una manzana de viviendas el que dio nombre a la zona: construido entre 1951 y 1954, se levantaba en el paseo de la Castellana, 198 al 208 (con vuelta a Félix Boix, Doctor Fleming y Carlos Maurrás). El nombre de Corea le vino dado porque en estas viviendas se construyeron, precisamente, mientras se desarrollaba la Guerra de Corea y, al finalizar ambas, viviendas y guerra, se alojaron en ellas tanto militares norteamericanos de la base aérea de Torrejón de Ardoz, como veteranos del conflicto bélico.

Por su parte, el nombre con el que es ahora conocido, Costa Fleming, parece que fue acuñado por Raúl del Pozo. Era un Madrid palpitante que Elizabeth Wittlin-Lipton añora: “Hoy, en 2009, mucho mayor, recientemente enviudada y convertida en una especie de Nouveau pauvre, estoy permanentemente instalada en un menos familiar, más hostil y solitario Madrid que sin embargo todavía amo”.

Para Elizabeth, Madrid significa el arraigo y el restablecimiento de esa vida cuyo normal desarrollo quedó truncado por la guerra mundial: “Lisboa no tenía atavismos que recordaran un pasado más feliz. Por el contrario, Madrid me traía de vuelta a la Varsovia de 1940, tanto a la asediada y ocupada, como a la utópica de preguerra”.

En este sentido, El Viso, por ejemplo, no solo supone conectar con su infancia perdida sino recuperarla en su nieto y proyectarse, a través de él, en el futuro : “las calles de El Viso, con nombres de ríos, estaban rodeadas por acacias. El distrito servía como una reencarnación de mi embellecida memoria del Mokotów en la Varsovia de preguerra que olía a lilas, donde también abundaban las acacias. Aquel Madrid era mi segunda oportunidad para recuperar lo que había perdido, como lo era tener un nieto”.

Y es que, “Es en Madrid, mi anterior utopía, donde espero pacientemente la “solución final”. Esperamos que Elizabeth Wittlin-Lipton pueda disfrutar durante mucho tiempo de ese Madrid luminoso, colorido y cálido que ansía ser visto y vivido por ella.

Jorge Martín Quintana
 
Profesor  e historiador. Leer y escribir ha sido para mí, siempre, como la sístole y la diástole, un movimiento vital. Divulgar, ofrecer nuevos enfoques, rescatar hechos, personajes o diversos aspectos de la cultura o la historia ha sido, para mí, como pintar para un artista o componer sinfonías para un músico: un acto creativo sin el cual, yo mismo no podría construirme ni ser.

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