Viví siete años en la Costa Fleming, de 1968 a 1975. Tiempos alucinantes en un nuevo barrio de un nuevo Madrid que marcaron mi más tierna adolescencia. De los 11 a 16 años todo mi universo se resumía en mi pandilla de amigos, mis primeras novias, el bus 14 y mi bici “Micaela”. Descubrir el mundo nuevo, las chicas, que al cogerlas torpemente de la mano para ligar, como veía en las películas del Cine Gayarre, me respondían con algún tortazo en la cara… todo eso cambió unos años más tarde con la velocidad inusitada del cambio de fase. Inesperadamente crecemos y todo se diluye con las nuevas experiencias y responsabilidades. Pero ese es otro tema.

Éramos felices con muy poco. El mundo ante nuestros ojos para descubrirlo. Volviendo la vista atrás reconozco que vivir en la Costa Fleming fue el gran aprendizaje en mi vida. Sí, fue el barrio donde me sentí libre e identificado, me sentía muy a gusto, era mi lugar. He vivido otras etapas de mi vida en 6 barrios diferentes de Madrid y me quedo con todo lo que aprendí en este Barrio de Corea de mi adolescencia.

Recuerdo el carácter alegre y respetuoso de la gente. La nueva forma de vida que trajeron aquellos marines americanos con su respetuosa adaptación hacia las familias que vivíamos aquí. Amplificaban nuestros horizontes y nuestra manera de disfrutar y entender el mundo.

Por supuesto que no todo era maravilloso. La droga se hizo vecina del barrio y recuerdo el caso Edelweiss, con ese vampiro de Eddie González Arenas, el mago del engaño, que dinamitó la vida de algunos chicos conocidos del barrio. Una bofetada perversa que truncó la vida de buenas familias que vivían en nuestra costa.

Pero el estado de felicidad existía, quizá idealizado por los años, recuerdo a todo el mundo con trabajo, dinero en los bolsillos y tiempo para disfrutar con amigos. Recuerdo el radio de acción habitual de mis paseos, desde el Bernabéu, Paseo de la Habana caminando hasta la Plaza de Castilla, desde el colegio de los Agustinos donde estudiaba, hasta mi casa pasando por Doctor Fleming, Juan Hurtado de Mendoza, Félix Boix y mirando siempre hacia la zona de la Plaza de Colombia, subiendo Alberto Alcocer, silbando, comiendo chuches y viviendo cada momento.

Los primeros cigarrillos. Si no fumabas no eras moderno, no dabas la talla. Aquel tipo del puestecillo en la calle que vendía cigarrillos sueltos. En todas las películas de esa época los protagonistas fumaban, la calle General Perón llena de carteles gigantes de Winston, Marlboro, Kent,…

Deporte, dardos, billar, ping pong, hamburguesas, patatas fritas con ketchup, las primeras cervezas, pies de manzana, limón, cerezas, helados de Oliveri. Risas y complicidad era la fiesta diaria. Y mucha música, sonidos constantemente nuevos, canciones que nos hacían saltar y bailar, temazos y grupazos, nuevas tendencias y exquisitas canciones que reproducíamos en vinilos a 45rpm. Más tarde con nuestra primera cassette, qué tiempos.

Mis queridos años 70. ¿Recuerdan cómo imaginábamos el futuro del año 2000? Coches voladores, comidas en pastillitas, robots, ciencia ficción, todos vestidos con uniformes futuristas,..Y decías, no sé si llegaré a verlo algún día, pues aquí estamos en pleno 2020 contemplando esta pandemia que ni en la peor de nuestras pesadillas. Así que, díganme entonces, que esos tiempos no fueron un regalo, que aquello no fue realmente La Vie en Rose.

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