Alfred Gradus dejó de exhalar el humo de aquel cigarro con olor a brasas y ahora es imposible hablar de hamburguesas sin pensar en su fina estampa, un poco quijotesca y la vez cuna del denim. Y es que, como no podía ser de otra forma, el madrileño, nacido de casualidad en el Bronx, supuso un antes y un después en la mal llamada comida rápida. Algunos creerán que es poco meritorio cocinar 320g. de vacuno para incrustarlo como una bala entre dos panecillos salpicados de semillas de sésamo —metáfora de la España gastronómica y la bandera de los Estados Divididos—, pero sólo aquellos que han experimentado una Classic Super Doble con queso, bacon y salsa barbacoa sabrán que no es lo mismo estar comido que estar gozando en Alfredo´s BBQ.

La memoria es inescrutable, un fuego del que no es posible ser expulsados; pensar que Alfredo ya no está entre nosotros arroja sobre la ciudad una neblina que sólo puede disiparse recordándole en alguno de sus restaurantes, a la mesa y en buena compañía, escuchando “Always on my mind” de su primo Willy o “More than a memory” de Garth Brooks, entre bocado y boca, combinaciones perfectas de letra, música, carne a la parrilla y el ingrediente secreto de cualquier fogón: algo parecido al amor.

Así es como queremos acordarnos de él. Y muy probablemente así es como Alfredo querría ser recordado —si es que alguna vez le importara algo tan fútil—, como aquel vaquero flaco de mirada sólida y cejas a lo Ruta 66, parapetado bajo un sombrero casi gorra, entre la cajetilla de Marlboro y las gafas de ver de cerca, el más español de los americanos, el más sureño de nuestros vecinos. Un ejemplo de emprendimiento a su manera o, como diría él, «my way». Por eso le echamos de menos, porque vivió como todos aspiramos a morir algún día: poniéndole un corazón a cada menú servido.