¿Cuántas tarjetas navideñas impresas habéis recibido últimamente? Y, ¿cuántas habéis enviado?

Yo recibí dos tarjetas y, confieso, que no envié ninguna. Eso sí, me anticipé unas cuantas horas a enviar mi mensaje de felicitación vía WhatsApp a toda mi lista de contactos, con la sorpresa de recibir respuestas de personas que no tengo muy claro quiénes son y porqué están en mi agenda. Cosas de la virtualidad y la comodidad. Dos clics y cumplimos.

Hace unos días me vino a la nostalgia uno de los recuerdos felices de mi infancia. En cuanto llegaba el otoño, mi madre aparecía con un extenso catálogo de tarjetas navideñas debajo del brazo. Durante un par de días, entre toda la familia escogíamos el modelo que enviaríamos el año en turno a los amigos y a nuestros seres queridos. Don Luis, el dueño de la imprenta en el barrio, tenía muchísimo trabajo por aquella época. Al entregar el pedido, también nos regalaba el calendario del año por llegar.

A cambio, durante el mes de diciembre, el cartero no paraba de dejar sobres en nuestro buzón. El árbol de Navidad se llenaba de todas las felicitaciones que íbamos recibiendo. Éramos seis en la familia, por lo que llenar una caja de zapatos con las tarjetas no nos resultaba nada extraño. Quedaban guardadas al fondo del trastero junto con el árbol y el resto de adornos navideños hasta el siguiente invierno.

Pocos años después aparecieron las tarjetas solidarias de UNICEF y en la familia decidimos que era una buena causa pues, entre otras cosas, nuestra imprenta de referencia había cerrado. Me encantan las tarjetas solidarias, pero desde hace años, por mi absoluta falta de previsión, termino por enviar mensajes virtuales. Mal, muy mal.

En esa reflexión estaba cuando escuché al cartero dejar caer un sobre en mi buzón. Un sobre grande, blanco, con mis datos en letra manuscrita, como se escribía antes. Aquello me hizo sentir como aquella adolescente ilusionada al recibir sus primeras cartas.

Se trataba de una hermosa felicitación, hecha a mano, con mucho arte y mimo, firmada por una gran amiga. Cuando la llamé para agradecerle el detalle, me contó que ella no estaba dispuesta a perder la bonita tradición de recibir correo postal y, mucho menos, de no enviarlo. Además, en la tradicional comida de amigas para cerrar el año, nos comprometió a retomar la vieja costumbre de escribirnos y enviarnos cartas, postales, tarjetas, etc.

Nos invitó a recuperar aquella santa paciencia que teníamos cuando esperábamos respuesta a nuestro correo. A volver a nuestra aplicada caligrafía. A recordar como se saludaba en una carta. Ir al estanco, comprar un sello, dejar nuestro sobre en el buzón antes de la hora de recogida. Nos invitó a responder para no romper la cadena. Se trata de recuperar nuestra historia epistolar. Que nuestros nietos encuentren correspondencia tan apasionante como la que encontramos nosotras en el baúl de nuestros antepasados.

Y ese es uno de mis propósitos para los próximos meses. Menos WhatsApp y más papel. Me he acercado a imprimir cinco copias de la fotografía de nuestra reunión y he rotulado a mano una carta y sus cinco respectivos datos con mi poco fina caligrafía. Ya se sabe, lo que no se usa, se atrofia. Espero recuperarla pronto.

Y yo les invito, queridos lectores, vecinas, amigos, a enviar nuestro cariño por correo. A escribir de puño y letra nuestros recuerdos. A dejar nuestra propia cápsula del tiempo para nuestros hijos, nietos, historiadores, poetas… Les invito a hacernos con un tanto de papel y sobres para llenarlos con nuestras historias caligrafiadas con tinta y amor.

¿Nos escribimos?