En la calle de Juan Hurtado de Mendoza late desde hace décadas un pedacito de Nueva York: Alfredo’s Barbacoa, la hamburguesería que trajo a Madrid el sabor de la parrilla americana cuando las hamburguesas aún no eran ni gourmet, ni smash. Fundada por un neoyorquino enamorado de España, Alfredo abrió su primer local en Lagasca en 1981, y en 1986 llevó el espíritu del BBQ y el monte Rushmore hasta la Costa Fleming, donde su familia continúa al frente como si el tiempo no hubiera pasado, manteniendo vivas las brasas, el diseño en los manteles, los videos de rodeos y el secreto de su salsa barbacoa.

Lo que distingue a Alfredo’s no es solo la carne 100% de vacuno ni esas costillas que parecen venir con banda sonora de Hank Williams en la maleta, sino su fidelidad a las recetas originales: la coleslaw cremosa, la tarta de queso como mandan los cánones y, sobre todo, esa salsa barbacoa que no ha cambiado ni una pizca en más de 30 años. Aquí no se persigue la novedad, sino la perfección repetida hasta el infinito y más allá, esa que solo se logra cuando haces lo mismo sin prisa y durante décadas.

Visitar Alfredo’s es rendirse al placer de lo clásico sin postureo, donde los sabores mandan más que las modas y los camareros conocen tus gustos. Tienen servicio a domicilio para los días de Netflix y manta, pero yo prefiero bajar esas escaleras e impregnarme de sabor americano, porque sigue siendo uno de esos lugares que huelen a familia, a brasas calientes y a historia de barrio contada en primera persona. Porque en Costa Fleming, si hay algo más americano que un Cadillac, son las hamburguesas de Alfredo.