Las ciudadanas urbanas, a menudo, nos encontramos inmersas en el ritmo frenético que impone la ciudad. Entre otros muchos efectos, esto puede derivar en la pérdida de atención hacia lo que nos rodea. Las ciudades se presentan como territorios en movimiento, en continua transformación para poder adaptarse a las necesidades de sus habitantes –los del tiempo presente, pero también los que llegarán en el futuro–. No obstante, cabe preguntarse si percibimos estos cambios u ocurren sin captar nuestra mirada. Al desatender cómo nuestras ciudades se van desarrollando no sólo ignoramos sus transformaciones sino, además, lo que permanece. En este sentido, la vivienda y el comercio local actúan como dos pilares fundamentales que soportan la vida en la ciudad.
El dinamismo de la ciudad nos envuelve a todas, e incapaces de participar en todo lo que nos ofrece vamos recorriéndola de lugar en lugar. Pero, mientras se suceden las actividades de ocio y culturales, surgen nuevos restaurantes de moda y tu grupo de amigas elige otro bar favorito, lo construido, los espacios físicos, permanecen sin tanta volatilidad: las calles, los edificios, las plazas, los comercios locales, permiten nuestro arraigo en la ciudad, son la escenografía de nuestra cotidianidad.
En los barrios, especialmente en aquellos más vinculados a las clases trabajadoras, el bar de toda la vida es un ejemplo paradigmático de esto, puesto que más allá del negocio cumple un rol de cohesión social. Históricamente, los bares son lugares de encuentro vecinal y, si pensamos las ciudades como territorios en movimiento, entonces se vuelve imprescindible interesarnos por los espacios que se mantienen como puntos de referencia para que la ciudadanía pueda vincularse. De esta forma, lo físico se convierte en aquello que posibilita la construcción de relaciones, historias y afectos. El tejido social se sostiene en red, por lo que, junto a los bares de toda la vida, nos encontramos con otros comercios locales que contribuyen a la subsistencia y el cuidado de los barrios y sus habitantes: fruterías, verdulerías, panaderías, mercerías, zapaterías, quioscos, librerías, farmacias, peluquerías, etc. Son espacios que resisten en nuestros barrios y que acompañan la evolución que vive la ciudad.
Por otra parte, la vivienda es el corazón que sujeta todo esto. Las viviendas no son sólo espacios privados sino que funcionan como anclaje para que las personas sean capaces de desarrollar sus proyectos de vida. En la ciudad, la vivienda permite que la ciudadanía se arraigue al territorio, a sus barrios, puesto que es precisamente la permanencia la que posibilita el sentido de pertenencia. Si quien habita un barrio no se siente arraigado al mismo los vínculos comunitarios se irán debilitando cada vez en mayor medida: no basta con edificios que se mantienen en pie, éstos deben ser hogar para los miembros que forman la comunidad.
Frente a fenómenos como la turistificación o la gentrificación, que amenazan con vaciar de vida lo construido, cobra aún más importancia preservar las redes vecinales y comunitarias que dan sentido a los barrios. Pero proteger lo que permanece no significa congelarlo en el tiempo sino adaptarlo, actualizarlo, cuidarlo. En el caso de la vivienda, esto se traduce en apostar por la rehabilitación y la regeneración urbana: mejorar lo que ya existe para que siga cumpliendo su función social. Hablamos de garantizar accesibilidad, eficiencia energética y modelos habitacionales que respondan a las necesidades actuales sin perder el vínculo con la memoria y la identidad del lugar. Así, lo que permanece –la vivienda como refugio, anclaje y derecho– podrá seguir siendo el motor de una ciudad más habitable, justa y feliz.
En definitiva, aunque nuestras ciudades están en constante cambio, existen elementos que resisten al tiempo y dotan de sentido la vida de la ciudadanía en las mismas. Las calles, las plazas, los comercios de toda la vida y las viviendas que son hogares trascienden la condición de espacios físicos, son los lugares que posibilitan las relaciones, las memorias y los afectos que configuran la vida urbana. Proteger lo que permanece no implica resistirse al cambio, es un ejercicio de reconocer y cuidar las raíces que sostienen el dinamismo de la ciudad: apostar por ciudades, y barrios, próximos, sostenibles, justos, vivos, mirar con atención tanto lo construido como lo humano.

