Pocas marcas definen la impronta norteamericana en el diseño automovilístico como Cadillac. Un nombre de origen francés para este icono americano de la precisión y la elegancia. División de la empresa General Motors, desde su fundación ha representado siempre el lujo “Made in America” y generado varios millones de dólares y miles de fieles creyentes.
En los alrededores del Edificio Corea los oficiales americanos mascaban chicle y aparcaban sus flamantes Cadillacs negros bajo la atenta mirada de vecinos y curiosos. Nunca se había visto aquí un coche tan enorme, ni un uniforme tan bien planchado, ni una sonrisa tan perfecta y blanca. Eran los comienzos de la Costa Fleming y el aroma de los dólares inundaban las calles del norte de Madrid en los años 60.
William H. Murphy y Henry M. Leland decidieron bautizar la marca en honor a Antoine de la Mothe Cadillac, un oficial del ejército francés que adoptó el nombre de un pueblo homónimo del suroeste de Francia. Al país de las oportunidades se entra a lo grande o no se entra. Como logotipo de la empresa, eligieron un escudo heráldico. El resto es gasolina y el sueño americano.
En 1909, GM adquirió Cadillac incorporando innovaciones tecnológicas nunca vistas: un sistema eléctrico completo, la primera transmisión manual y el primer techo de acero, desarrollando tres motores distintos. El V8 marcó el inicio de los motores de alto rendimiento, muy utilizados para quemar rueda en las carreras polvorientas de Nevada.
Cadillac fue el primer coche en ganar el trofeo Dewar del Club del Automóvil Royal de Inglaterra en 1908, demostrando la fiabilidad de su tecnología, lo que originó el primer eslogan de la marca: “Standard of the World”. Volvería a ganarlo en 1912 al incorporar el motor eléctrico de encendido y alumbrado en un automóvil de producción. América siempre fue grande.
Los inicios de Cadillac no habrían sido posibles sin el ingenio de Henry M. Leland, inventor del motor de combustión interna de un solo cilindro. Los primeros modelos, el Runabout y el Tonneau, contaban con dos asientos que no necesitaban caballos para funcionar y una potencia de 10 hp (7 kW) generada por un motor de un solo cilindro. Precisión y fiabilidad.
De 1960 a 1966, Cadillac se convirtió en el epicentro del lujo y la innovación, introduciendo el cilindro maestro de freno con doble depósito y sistemas hidráulicos delanteros y traseros separados, seis años antes de que fuera un requisito federal en Estados Unidos. También lanzó el primer sistema de calefacción y aire acondicionado totalmente automático, así como la transmisión Turbo-Hydramatic de tres velocidades, que se convirtió en el estándar de GM durante décadas.
El Cadillac del 63 lucía una nueva carrocería con la parrilla más baja respecto a los faros cuádruples y las brillantes molduras horizontales que recordaban al modelo del 59, así como las formas superiores de los guardabarros y una línea de carácter que se extendía hacia atrás. El parachoques delantero y los laterales de la carrocería evocaban el diseño de 1960.
Cadillac y la música han vivido un idilio desde sus comienzos. Chuck Berry y su Gibson 335 escapando de un promotor a toda velocidad, Bruce Springsteen con su “Cadillac Ranch” y los Rolling Stones conduciendo borrachos se han servido de este símbolo de estilo y sofisticación 100% americana. Elvis Presley coleccionaba Cadillacs y pistolas y le compró uno a su madre (un Cadillac). Los Stray Cats le dedicaron una canción: “Look at that Cadillac” y Clint Eastwood se enamoró de una fugitiva con una enorme cantidad de dinero escondida en un Cadillac rosa. Recordad, se puede matar a un caballo, pero nunca a un Cadillac.
La ilusión del Cadillac
Corría el año 1989 e iba a cumplir 10 años. El cambio de dígito es un evento importante para cualquier niño y yo quería que todo mi barrio lo supiera. Era el chico nuevo del barrio de padres extranjeros y Megan, la chica del octavo del Edificio Corea, ni sabía que existía. Ninguno de mis compañeros se acordaba que hoy era mi cumpleaños, es lo malo de cumplir a finales de junio, todo mundo está de vacaciones.
Mi plan cumpleañero era ver la tele e intentar convencer a mi padre para que me llevara a ver la última peli de Clint Eastwood. Quería ser como él. No me quitaba los Levis ni para dormir. En la pantalla todos los tíos guays conducen coches guays. Pensé que a lo mejor mis compañeros de clase se acordarían de mí si fuera un tío molón como Clint conduciendo un coche molón. Pero mi padre tenía un Seat 850 color naranja que prestaba a todos sus amigos y no llamaba mucho la atención. Si tuviera un Cadillac seguro mis amigos se acordarían de mí y querrían venir a mi cumpleaños. Pero eso solo sucede en las pelis americanas.
Decidí que tenía que comer algo más que salchichas recalentadas al microondas e intenté hacerme un penut batter and jill, cosa gringa que se hacía mi primo en su casa de McAllen. Me hice uno y el subidón de azúcar que me dio fue apoteósico, di tantas vueltas alrededor de la mesa del comedor y salte tanto en los cojines del sofá que por un momento pensé que lo iba a romper, pero los sofás de cuero tejanos de mi tío Alfredo son resistentes y duraderos.
Nunca tuve problema con entretenerme solo. Con mi imaginación y la tele me bastaba. Empecé a pensar cual sería el coche más molón para conducir por las obras de las Torres Kio con un brazo en la ventanilla como Burt Reynolds en The Bendit. Fue en ese momento que lo vi por primera vez, como si fuera una publicidad dirigida hacia mí: la nueva película de Clint Estwood, Cadillac Rosa. El color no me gustaba nada, pero el enorme tamaño del coche con sus aletas traseras mostrando las luces de freno, me dejó cautivo. Nunca había visto un coche con esas dimensiones y con ese color. Seguro llamaría la atención de cualquiera que me viera. Empecé a conducirlo por el salón, el pasillo, la cocina,…
No quería regalos ni tartas, únicamente que mis padres pudieran llegar a tiempo del trabajo y celebrar mi cumpleaños conmigo. Aquella tarde soplé una vela sobre un bollo de pantera rosa. Quizá de ahí viene mi fascinación o quizá la ilusión por ser como Clint Eastwood y un tener ese Cadillac que más parece un barco que un coche. Y conducirlo por la Costa Fleming hasta mi próximo cumpleaños.


