Sor Luisa
Cuarenta y ocho años en la colonia Los Rosales en el ámbito maravilloso del distrito de Chamartín dan para mucho.
Años sembrados de historia difíciles de resumir en pocas palabras pero no nos resistimos a intentarlo.
Entre las cien familias de la colonia Los Rosales en el barrio de Castilla hay una familia muy especial que llama la atención sobremanera. Está formada por treinta y cinco personas con discapacidad intelectual y del desarrollo, 27 profesionales como la copa de un pino que desarrollan su labor profesional y humana manteniendo vivos los valores más duraderos de este mundo, la empatía, la calidad humana, la dignificación de las personas, la potenciación de los talentos por encima de las discapacidades y junto con ellos tres religiosas de la Congregación de las Hijas de Santa María de la Providencia, una congregación de más de cien años de historia nacida en Italia del corazón del sacerdote creyente del corazón dilatado que dedicó toda su vida a ser el micrófono silenciosamente sonoro de los sin voz, ese hombre arquitecto de humanidad y conseguidor de sueños se llama San Luis Guanella.
Un grupo de gentes de buena voluntad voluntariamente colaboran con el proyecto Casa Santa Teresa ofreciendo tiempo y capacidades y poniendo en valor lo que significa el servicio desinteresado y el cuidado del otro.
La Casa Santa Teresa está formada por un centro ocupacional y tres casas familia y en medio de un estilo arquitectónico coqueto, como es Chamartín con ligeros toques minimalistas, nuestra casa está asentada en una zona de casas sencillamente elegantes bien cuidadas que huelen a chimenea, a ahogar que en definitiva son familia y este es uno de los grandes valores perdurables que todos añoramos porque la familia está anclada en lo más profundo del corazón humano.
En la Casa Santa Teresa florece un microclima de solidaridad que impulsa nuestro propósito esencial: dignificar la vida de las personas a través de programas e iniciativas orientadas a la inclusión sociolaboral, al progreso compartido y a la transformación social. Dicen que la casa y el corazón se asemejan más de lo que imaginamos. El alma de una vivienda revela, en su arquitectura y en su atmósfera, los valores de quienes la habitan. Una casa abierta, luminosa, rodeada de verde y decorada con sobriedad y belleza, no es solo un espacio físico: es un reflejo de una forma de estar en el mundo. Es un hogar donde los principios cobran vida, donde la acogida, la dignidad y la esperanza se encarnan en lo cotidiano.
Allí donde se cultivan estos valores, crecen también personas íntegras y comunidades más justas. Porque cuando la arquitectura se alinea con la humanidad, cuando los espacios se piensan para cuidar y vincular, ambos —entorno y ser humano— se tornan sostenibles.
Arquitectura y humanidad: dos lenguajes que, cuando se entrelazan, dibujan un mismo horizonte. El de un mundo más habitable, más amable, más humano.



