—¿De qué color son tus ojos, Jorge?

—Verdes— contestó con una sonrisa de media luna.

—Verde diamante— pensé al despedirme de un adolescente perpetuo nacido mucho antes de que lo hiciera la Costa Fleming. Porque si lo piensan un instante, esa rápida digestión que transcurre entre un café solo y otro cliente feliz, Jorge Feldmann es el anuncio de Movierecord, la contraseña para entender que antes de barrio no hubo nada, quizás tierra, cuatro cardos y un sol pintado al norte del Madrid más periférico, epicentro entre Torremolinos y la mano de Maradona. Y como siempre —la casualidad es la única norma en estos casos— tuvo que ser un porteño quien se encargara de dar de comer bife, pibe, criollos y solomillos a la brasa en los locales cuando en realidad lo quería era pasárselo bien… uniendo una cosa con la otra, es decir, los besos con el apetito; hasta el cierre. De hecho, resulta bastante difícil separar el apellido Feldmann del Damián de la calle Padre. Y no solo porque Jorge se pasea de arriba abajo —vive en un ático—, sino porque sus hijos, Chavi, Romi y Erika, decidieron continuar con una tradición que se remonta a… su padre, el primero en la familia interesado en el servicio a pie de calle y no en los alótropos del carbono.

Hablamos como compañeros de pupitre, con esa sensación que rodea a aquellos que lo han oído casi todo y al contártelo te piden que no lo escribas, secretos a voces de un hostelero con alma de anfitrión, confidente en los comedores privados y la cocina, madrileño con acento del suroeste. Antes de decirnos adiós —casi desde el momento en el que nos dimos la mano sentí la nostalgia del río de la Plata—, me resume su vida en cuatro frases, un poco a lo Menotti, historias que parecen sacadas de la imaginación de un guionista en paro, precisamente por la imposibilidad de trasladar el paso de los días a la gran pantalla, lustros, décadas, quindenios y decalustros con un final que se parece más al principio, plagado de fotografías invisibles del primer lloro, la pérdida de los dientes de leche, el estirón y la victoria de unas arrugas con sabor a carne a la parrilla.

—La gente pasa, los gobiernos cambian —responde mientras te atraviesa el iris—. Sin embargo, el secreto es trabajar… eso, sí: primero hay que aprender a vivir para disfrutar del trabajo. ¿Quieren alguna cosa más? ¿Otra cervecita tal vez?

—Oye, Jorge, ¿y a ti te gusta el fútbol?

En ese momento se queda callado, dando a entender que se trata de una “pelotudez”.

—Claro, soy argentino.

—Entonces conociste a Diego…

—Por supuesto. Venía a Madrid en un avión privado y siempre pedía entraña. ¿Saben que en El Cacique se instaló el primer teléfono público de Madrid?

Hace falta tener suerte para comer bien. También hace falta suerte y mucho trabajo para resistir durante tantos años al frente de un negocio tan efímero como el de la hostelería, pero probablemente, la mayor suerte de todas sea entender la receta de Jorge Feldmann, uno eterno niño que encontró su destino en los caminos que tomó, precisamente, para evitarlo… ¡Ah!, y que como en El Cacique en ninguna parte. Volveremos, Jorge; volveremos, Feldmann.

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