Unos versos de José Cereijo me han recordado que “la vida no entrega su secreto a los que la tratan con brutalidad, a los que se jactan, a los que no saben escucharla, demasiado ocupados de sí mismos”. Este poeta de Redondela (Pontevedra) da en el corazón de la cuestión.
Leo su libro de poemas “Los dones de otoño” a la vez que la Iglesia celebra la semana Laudato SI’. El Papa Francisco, hablando del Evangelio de la Creación, en el capítulo segundo de su carta Encíclica, nos dice que “es necesario acudir a las diversas riquezas culturales de los pueblos, al arte y a la poesía, a la vida interior y a la espiritualidad, si de verdad queremos construir una ecología que nos permita sanar todo lo que hemos destruido”.
No solo por eso, en el alcorque que hay frente a las escaleras de nuestra parroquia en la calle Félix Boix, tantos años vacío, hemos plantado esta Pascua un frágil castaño. Quizás por aquello de “ningún alcorque sin su árbol”; pero también para impedir que algunas personas se caigan al introducir descuidadamente su pie en ese cuadrante vacío.
Álvaro, que es amigo y emplea parte de su tiempo en reforestar, me ha dicho: “La mejor forma de ayudar a las personas es ayudar al planeta. Sin planeta no hay personas”. Y en esa apreciación coincide en algo con la tesis de la Encíclica ecológica Laudato SI’.
¿Pero qué hace un pequeño e indefenso castaño en nuestra acera? Pronto, a la hora en que los peques salgan del colegio, podré ver cómo zarandean su tierno tronco. Me pregunto ¿No habrá que educar, desde pequeños, en el amor a la naturaleza? Sí, sin lugar a dudas sí. El niño necesita escuchar, por parte de quien lo ama, que pequeños y grandes hemos de amar la naturaleza, respetar los árboles, cuidar la casa común.
El secreto de la vida pasa por ahí. En este tiempo nuestro ya tenemos respuestas a la pregunta-guadaña de nuestra cultura utilitarista: “¿para qué sirve esto?”. A niños y adultos se nos podría responder: “Sirve para ser bello. ¿No es suficiente?: como las flores, como los perfumes, como los pájaros, como todo aquello que el ser humano no ha podido desviar y depravar a su servicio”.
En esto estaba cuando han llamado a la puerta de la comunidad. Abro y me cruzo con una sonrisa tan abierta como transparente. Quien ha llamado es un hombre mayor que sostiene con sus dos manos un multicolor ramo de rosas. Pegadas a su pecho. Sin celofán. Recién cortadas. Sin más arte que ellas mismas. La forma del ramo, su envolvente perfume, la sonrisa tan limpia como ingenua de quien las sostiene producen algo parecido a un salto natural que lleva a la belleza, al asombro hecho silencio. Me mira sin dejar de sonreír y dice: “Son para la Virgen”. No pregunto ni por qué ni su procedencia. Me dejo alegrar por el gesto. El eco interior sí repetía, “son para la Virgen”. Y las llevé ante el Icono de la capilla, porque hay un espacio donde se medita, donde uno puede recogerse y, ayudado por el silencio, aprender a hacerse mejor. El lugar puede estar envuelto en sombras, pero eso no impide al alma humana acoger la luz. ¿Para qué sirve eso?
Escribiendo esto viene a mi memoria aquella mañana en Lviv (Ucrania). P. Marek, otro redentorista y yo, descendíamos por la escalinata barroca de la catedral de San Jorge, cuando sorpresivamente comenzaron a sonar las sirenas antiaéreas. Ucrania sufre las consecuencias de la violación grosera del derecho internacional, y sus habitantes están padeciendo la catástrofe humanitaria que acompaña a toda guerra. La ronca insistencia de las sirenas no detuvo nuestro camino. Así, con esa impresión, pude ver cómo ancianos y mujeres vendían y compraban flores, tulipanes amarillos. Un poco más adelante, en la plaza, se intercambiaban y vendían libros. Con palabras de la poetisa ucraniana, Marianna Kiyanovska, podemos constatar que “hay personas que, literalmente, no pueden respirar de dolor”, pero también descubrir que la guerra no ha podido con la aparente fragilidad de la cultura.
Ucrania, nuestro frágil castaño, las rosas regaladas y quienes levantan su voz en pro de las humanidades muestran una fuerza latente en el alma de nuestro tiempo. Estamos en esa tensión expresada en el manifiesto de Nuccio Ordine, último Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2023, muerto el pasado mes de junio. Él escribió: “Nada de lo que resulta hermoso es indispensable para la vida. Si se suprimiesen las flores, el mundo no sufriría materialmente. ¿Quién desearía, no obstante, que ya no hubiese flores? Yo renunciaría antes a las patatas que a las rosas, y creo que en el mundo sólo un utilitario sería capaz de arrancar un parterre de tulipanes para plantar coles”.
El eco interior sigue susurrando “son para la Virgen”, como quien empuja una puerta para avanzar, puerta de acceso a la belleza que nos humaniza y ayuda a superar la cultura del “¿para qué sirve…?”, al otro lado de la puerta hay un horizonte nuevo, soñado y trabajado, una alegría sencilla, la delicadeza del amor … y ¿por qué no?, el rumor de Dios.
Pensando en el anciano de las rosas, en la encíclica ecológica Laudato SI’ y en los pequeños del castaño nuevo, a la hora de cerrar estas notas, tomo a modo de homenaje a Nuccio Ordine, una parábola del manifiesto “La utilidad de lo inútil”: “Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez más viejo que nadaba en dirección contraria; el pez más viejo los saludó con la cabeza y les dijo: “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?”. Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho; por fin uno de ellos miró al otro y le dijo: “¿Qué demonios es el agua?”

