No hay quien pare ni gobierne el tiempo. A ver quién le pone ese cascabel al gato. A ver quién es capaz de agarrarlo por los cuernos. El tiempo es un Miura y te dará un buen revolcón si intentas detenerlo. Quizás un tío grande y fuerte, un vasco o un navarro lo agarre y lo espanzurre unos segundos, pero un jubileta como yo… Ya no estoy para muchos bailes y menos para sustos. A estas alturas no es cosa de batirse con un bicho tan ingobernable. Aprendí que una retirada a tiempo es una victoria. Para algo han de valer los años peregrinados por este valle. Para conocer el bien y evitar los males y, sobretodo, esquivar el sufrimiento inútil; también para sonreír, rendirse al paso del tiempo y no dividir más al respetable, que ya lo está bastante. La experiencia es la madre de la ciencia y del cordero. Y a vivir se aprende con los años. Cuantos más mejor. La jubilación es un doctorado.
Vivo en un barrio madrileño benigno de gente mayor; o sea, mayor que yo, predominantemente. Cuando me jubilé me veía diletante. Échale guindas al pavo. Esto es el canto del cisne. Conozco a quienes, pasando por este otoño efímero, se creyeron los reyes del mambo, bailarines caribeños que terminan cubalibre en mano tirando los tejos a diestro y siniestro. Algunos se jubilan fabricando realidades con los sueños de otros y los otros con los viejos recuerdos de años incumplidos. De todo hay en la viña del Señor. Los jubilados disponemos de mucho tiempo y el primer año puede ser el mismísimo diablo. No es sencillo tratar de quemar los últimos cartuchos solemnemente como aves del viejo corral. Pero podemos quedar más con los amigos, incrementar las relaciones sociales, reírnos al examinar el cuentakilómetros, cuidar de nuestras plantas, hacer muchísimos recados, leer pausadamente los clásicos del Siglo de Oro y, por qué no, plantar en el pueblo un huerto de lechugas escuchando con resignación el chirrido del antiguo carro que todos somos.
Cada día que pasa necesitamos menos cosas, y el vil metal —que hace vil al hombre— va importando cada día menos, hasta llegar a no importarnos nada. Nos resignamos a llegar a ricos jubilados, pero sólo seremos ricos en amigos, virtudes y experiencias. El mayor rico puede ser el mayor miserable cuando hace lo contrario de lo que predica y esquiva el sufrimiento del que tiene al lado. El mundo adquiere así otra perspectiva desde la atalaya de la jubilación.
Baudelaire calificaba el orden como una virtud triste y sombría. Algo semejante le ocurre a la jubilación: da miedo si se afronta con la sombra de la tristeza y la añoranza de las aventuras no emprendidas. Pero también es una virtud, socrática y luminosa virtud. Son años de experiencia y libertad, el don más preciado que decía Cervantes. Ha llegado el momento de conocer el mundo en toda su extensión y comprobar que nacer es un milagro, un trayecto que merece la pena. Y de paso leer más mirando por la ventanilla. Tres recomendaciones: amar, El Contador de Vientos de Ángel Fierro del Valle y, como no, esta revista Alexander.

