En pleno corazón de Costa Fleming, se encuentra la tienda y taller de Fernando Cler, un espacio donde el tiempo va un poco hacia atrás. Un lugar de los últimos una estirpe en peligro de extinción en este mundo acelerado.
Desde hace más de cuarenta años, Fernando, su mujer Paloma y su hijo Iñigo son los mejores aliados para tus relojes. Patek Philippe, Vacheron Constantin, JaegerLeCoultre, da igual, Fernando los repara y da cuerda, consigue que un reloj exista también en las horas felices.
El taller es lugar tanto para un arreglo rápido como para lo más complejo imaginable. Entre relojes de más de un siglo se dibuja un escenario de una conversación pausada: tú reloj y tu, las manecillas y la corona, el calibre y las subesfera… Esto va de tradición relojera “en la que por encima del valor crematístico está el afán de ofrecer conocimientos técnicos que actualmente muy pocos pueden dar”. Esa frase revela el valor de lo hecho con calma, de lo que durará, de lo que tiene historias que pasan de abuelos a padres y de hijos a nietos.
Cuando entras en su local de Pedro Muguruza 4, verás relojes y cajas de música, autómatas, cronómetros marinos —Fernando empieza su oficio como joven aprendiz y ya es abuelo— y sales con la sensación de que tu reloj ya no volverá a emitir solo un tic mecánico, sino que recupera la memoria, y de pronto, un simple giro de muñeca se convierte en un acto de resistencia contra el tiempo.

