No es fácil vivir en un portal de la calle que desemboca en el Bernabéu y ser inmune a la euforia del fútbol. A mí, en los tiempos en los que eso era incomprensible para el resto de la chavalería, el resultado del Real Madrid cada semana era algo que me la traía al pairo. Aunque hablamos de cuando la “quinta del buitre”, por entonces la intriga en la Liga se ceñía a los reñidos puestos por debajo del primero, que siempre era El Madrid.

Mendoza, el tipo del pelazo blanco que fumaba Ducados, presidía el club merengue con ese aire entre señorial y chungo de quien dirige el barrio en una película de Scorsese. El perfil se acentuaría después con Lorenzo Sanz (su físico encajaba más en una de Coppola). Aunque todos esos parecidos cinematográficos se me ocurrieron más tarde, claro.

En fin, lo que quiero decir es que cuando alguien bajaba al parque un diario AS distraído del salón de su casa, lo único que me parecía relevante de aquel periódico deportivo era la chica semidesnuda de la contraportada. En eso no hacían falta cinefilias precoces.

Pero siendo completamente sinceros, recuerdo en aquellos días de fútbol estar mucho más preocupado por las páginas que compartían Conan y Belit en algunos números de la mal coloreada colección de Comics Fórum, un sello de la Editorial Planeta con oficinas en el Paseo de La Habana.

La adolescencia es una curiosa batidora de impulsos, fantasías y coleccionismo barato. Para el caso, lo mismo servían los tebeos de “espada y brujería”, las chicas recortadas del AS o los cromos del último álbum de La Liga que circularon en el patio del colegio. En ese álbum, aunque me quede obvio, los futbolistas más codiciados y difíciles de intercambiar eran los delanteros del Real Madrid. En la Liga siguiente, ni a mis amigos les interesaban ya aquellos cromos.

Hasta que llegaron la indiferencia y el acné, algunos ya estábamos a salvo de semejante fiebre blanca. Mi amigo Oscar, Javier el chileno, y yo mismo nos escapábamos a por chapas al Rastro, esas que se ponían en las solapas de nuestras cazadoras vaqueras, mientras rumiábamos los primeros conciertos en los que queríamos estar. Aquella era la otra cancha del club blanco, la que nos importaba, la de los directos de rock en la época dorada del Pabellón del Real Madrid.

Para chapas, no obstante, las que exhibía en sus tirantes Juan, el alma tras la barra de la Marisquería Txangurro, a la que iban algunos domingos a beber y fumar junto a Alfredo Di Stéfano (que vivía en el barrio), y Luis Aragonés. A veces se les sumaba otro grande de su generación, del que (perdón por mi poca memoria futbolera), no recuerdo ya el nombre.

Era digno de verse cómo se reunían en la primera mesa de la terraza (aquellas redondas mesas artúricas del Txangurro, hechas con madera de tronco), don Luis de traje y corbata, don Alfredo más informal, pero también señor, saboreando unas copas de vino y hablando de vaya usted a saber qué.

Entonces no había teléfonos móviles con los que incordiarles a selfies. Además, eran demasiado mayores y los adolescentes sólo mitifican a los héroes en activo. Para la hinchada juvenil, esa es la línea de separación entre la leyenda y la vieja gloria. Quizá por eso, hasta que otras prendas blancas ciñendo otra clase de piernas ganaron todo nuestro interés, un futbolista que hubiera pasado por “el Castilla” (filial del club merengue) tenía un plus de admiración mayor que aquellos veteranos, que habían dado a sus equipos los mejores triunfos de su historia y ahora tomaban el aperitivo sin que nadie les molestase.

Si faltaba el toque cosmopolita, Michael Robinson bebía pintas de Guinnes un poco más abajo, en el Steinlager. Era amigo de su encargado, un veterano capitán del equipo nacional de rugby, y ya hacía sus comentarios futboleros en Canal Plus.

Ese Pub Steinlager, que otros llamaban el Foster (las dos marcas de cerveza australiana que tenían corpóreo luminoso sobre su puerta), era el mismo en el que no sé si sigue una foto magnífica, en la que todos mis amigos de barrio y bar posaban mezclando camisetas, banderas y bufandas del Madrid y del Atlético justo antes del derbi.

Entretanto, en el Asador Frontón que prosperaba a escasos metros del pub, los presidentes de los clubes que se batirían la tarde del domingo en el estadio Santiago Bernabéu regaban con vino gran reserva unos chuletones que no se los saltaba ni un portero de primera división.

El barrio entero rebosaba huellas del club blanco como nuestra televisión rombos sobre las películas más “adultas” de la emisión nocturna (una sola cadena, toda la audiencia del prime time).

Huellas en el De María (el de Félix Boix), restaurante de carne argentina que abrió poco tiempo después, donde la plantilla entera comía como si no hubiese mañana. Corre aún el rumor de que los futbolistas del Real nunca pagaban la cuenta en aquel restaurante que la curiosidad de la afición llenaba. Pero que sus propinas a veces superaban esa cuenta con mucho.

También lució huella madridista la pastelería Helen´s, que tenía una mesa con placa dedicada a Fernando Hierro. Le vi alguna vez comprando tartas, cuando aquel local se había convertido en uno de los pocos del barrio en los que se podía escribir sin tener que soportar un televisor de fondo.

Voy a dejarlo aquí, porque en la televisión de este bar en el que ahora escribo empieza un especial sobre el Real Madrid. A ver si me cuenta alguna anécdota de barrio que yo no sepa.