Cada barrio tiene sus rachas. Rachas de juego, naturalmente. En Costa Fleming se estiló cultivarlo por aquellas épocas que hoy parecen lejanas, cuando se fumaba en interiores.
Lo del juego le venía a “La Costa” como liga al muslo, claro: era éste un barrio frívolo salpicado de burdeles, que contaba en su haber con un primer esplendor de acento gringo. Luego, una nube de periodistas, funcionarios, arquitectos y abogados había ido tomando calles, bares y hasta los pisos de alquiler con la suavidad inexorable de un whisky al derramarse.
Las familias jóvenes y prometedoras, que ocuparon poco a poco “El Corea”, tenían que codearse (una coexistencia bastante pacífica, ya que estamos), con las lumis y los jugadores que revoloteaban el barrio como polillas la luz.
Allí estaba para dar fe y saciar pecados la timba del Wellington, un bar oficialmente elegante que nunca lo fue. Pero gastaba fachada de ladrillo blanco, cristales esmerilados y nombre chapado en oro. Algunos lo recordarán: a dos pasos de El León Rojo y con un altillo donde se apostaba más a una sola carta que los darderos a cerrar con doble veinte.
Por allí se dejaron caer algunos tahúres y muchos jugadores de postín, a veces bailando entre la certeza y la leyenda. Que si Raúl del Pozo, que si Juan Luis Galiardo… Los fijos profesionales (en especial el pirata británico que organizaba las partidas), no permitieron en cambio que se airearan jamás sus nombres. Para qué, si eran falsos. La reputación quedaría flotando sobre el tapete y en los rumores intercambiados por la chavalería, que estaba en esa edad que se disfruta olfateando el peligro.
Los jugadores, una vez fuera de sus templos paganos (El Wellington, El Ascot, El Royal, El Seis Peniques y alguno más con nombre rimbombante y ambiente mestizo), se perdían entre la multitud madrugadora de Madrid Norte, que iniciaba la jornada laboral mientras ellos cruzaban el Paseo para dormir en algún piso de Capitán Haya, cara B de la Costa Fleming.
Nosotros no picábamos tan alto, pero teníamos billares. A la vuelta del supermercado Sánchez Romero, en ese callejón lujoso que se abría a la izquierda junto a la fachada con jardineras del “Cortefiel para hombres”, había unos pocos negocios de mala muerte, un bar de apariencia inocente y un restaurante chino. Los billares estaban al fondo de aquel inocente bar. Billar español, de carambolas y marcador en el que mover puntos de color verde y rojo con la punta del taco. Además de una mesa del americano “para los que no saben jugar”, decía el jefe de sala con sorna castiza.
Aquello nos parecía el paraíso inalcanzable. Bastante teníamos con haber sisado una moneda de 25 en las vueltas del pan o algún abrigo paterno. De paso, había que contar con que el jefe hiciese la vista gorda para meternos allí en busca de las primeras adicciones a pantalla. O lo que es lo mismo, echar una partida de Pac-Man, echar muchas, fundir la hucha en la de marcianitos que bajaban por la pantalla en filas o en pirámide, con algún enemigo que rompía la formación desde arriba para soltarte cuatro píxeles amarillos y mandarte al game over.
El ego, sin saber aún que se llamaba así, era colmado al inscribir tu nombre en el ranking del juego. Nada de avatares, que todos los jugones del barrio supieran que estabas en los puestos de cabeza del Scramble. Lo del Spectrum doméstico era para los pijos de la clase, que vivían por los límites pudientes de La Costa: Castellana hacia Cuzco, chalets de la colonia dispersa entre Apolonio Morales y Mateo Inurria, Padre Damián abajo frente al Eurobuilding… islas de confort pluscuamperfecto que se visitaban en cumpleaños y tardes de estudio en las que se iba a jugar al Spectrum en vez de a estudiar (y por eso el anfitrión suspendía más que nadie).
En un par de barras que ya no existen, se estilaban los dados entre camarero y cliente, jugándose cafés y copas. A la vuelta del Corea, en esa extraña combinación de tascas, cafeterías y pubs para el morreo, se desparramaban apuestas futboleras, partidas de mus y torneos de ajedrez que dignificaban las pellas juveniles, entre blancas y negras batallas de estrategia.
Pero de todos los jugadores que he conocido, nadie me inspiró nunca tanta simpatía como Emilio, el mejor y más querido portero de la calle doctor Fleming que, cada fin de semana, mantenía su transistor encendido sobre la mesa del portal en la que extendía los boletos de la quiniela. Se retiró sin conseguir la de catorce, pero disfrutó y sufrió cada partido de la liga española durante cincuenta años.
Cuando alguien de la pandilla tenía dudas sobre algún resultado liguero de la última semana o temporada, debate común a las tardes de parque y pitillos robados, bastaba con llegarse al portal del 39 en cuatro saltos y preguntarle a Emilio, que se las sabía todas antes de Google.
La timba del Wellington siguió hirviendo hasta que un buen día se cerró el garito. Permaneció tapiado y silencioso durante años, con sus ladrillos blancos que nadie pintarrajeaba -presos de un oscuro respeto- y su nombre chapado en oro. El oro de los tontos o de los primos, porque ya sabéis lo que se dice: si te sientas a una mesa de póker y no sabes quién es el primo, es que el primo eres tú.

