José Miguel de Haro
Al terminar una eucaristía dominical, compartí con el profesor Francisco del Corral el interés por conocer mejor la obra del escultor José Luis Sánchez en nuestra Parroquia del Santísimo Redentor. Él me propuso contactar con la estudiante Belén Parrondo Candela, que aceptó hacer su Trabajo de Fin de Grado sobre ello. Su investigación, titulada Materia y Abstracción: el universo construido de José Luis Sánchez, ha sido clave para el cuadernillo publicado en Cuaresma y para este artículo. A ambos, profesor y estudiante, mi más sincero agradecimiento.
La parroquia, proyectada por los arquitectos Fernando Barandiarán y José María Anasagasti en 1970, contó desde el principio con José Luis Sánchez como colaborador principal en el diseño de las piezas escultóricas, tanto en la fachada como en el interior del templo.
Desde la calle vemos en la fachada, una escultura con una sucesión de peces —símbolo del cristianismo — invitando a entrar y sugiriendo la diversidad y unidad de la comunidad parroquial
En el interior, domina la nave principal un Cristo crucificado de grandes dimensiones que parece descender y acercarse al altar. Esa proximidad encarna y expresa la Redención como don divino, en sintonía con la espiritualidad redentorista de la comunidad que sirve en el templo.
La cruz y la figura del Cristo suspendidas del artesonado superior, están integradas en una sola pieza. En la cruz, una composición de círculos y hendiduras conecta visualmente con el techo, mientras que el Cristo transmite serenidad y sencillez, en contraste con la complejidad geométrica del altar y el artesonado. Las finas líneas horizontales en el costado, manos, pies y cabeza evocan las heridas de la pasión.
Este lenguaje de formas depuradas y significativas caracteriza la obra de José Luis Sánchez: escultura que comunica sin necesidad de estridencias, llegando con claridad no solo a la comunidad creyente.
El techo simula un cielo de nubes mediante un revestimiento de escayola blanca en formas geométricas que alojan la iluminación principal. Las vidrieras laterales, en tonos ocres, filtran luz natural de manera indirecta, generando un ambiente cálido y envolvente.
En el altar mayor, destaca un prefabricado de hormigón decorado con patrones geométricos y texturas que el artista imprimió en el molde del encofrado. Este tratamiento da al material un brillo metalizado y una riqueza compositiva inusual, mostrando la maestría del autor para crear unidad y dinamismo a través de elementos simples.
A la derecha del altar, una figura de la Virgen con el Niño continúa este lenguaje de volúmenes modelados y líneas sobrias. Por encima, el artesonado flota sobre el altar como una artesa invertida. Aunque su forma remite a estructuras tradicionales, su tamaño y la ausencia de apoyos sugieren un sofisticado sistema constructivo. Cada pieza del artesonado presenta variaciones únicas a partir de motivos geométricos comunes —círculos, rayados, rombos— aplicados con distintas reglas compositivas. En este templo, escultura y arquitectura dialogan constantemente. La obra de José Luis Sánchez no es un añadido decorativo, sino una parte estructural y simbólica de la parroquia del Santísimo Redentor.
La capilla lateral
En la capilla lateral todas las imágenes son también obra de José Luis Sánchez, destacando el retablo tras el altar, notable por su riqueza geométrica y su expresividad. Pieza única del autor. El ambón repite el uso de placas de hormigón con relieves y textos. El sagrario, integrado en el retablo, se distingue por su acabado y geometría particular, creando un punto focal simbólicamente cargado.
El retablo está compuesto por cuarenta placas de hormigón aligerado de 3 cm de espesor, con distintas dimensiones y patrones. Al observarlo, aparecen relaciones entre símbolos, líneas y formas que evocan la unión entre lo divino y lo humano. Sánchez logra aquí un equilibrio entre materia, forma, luz y trascendencia.
El Vía Crucis, integrado en la banda lateral derecha, está formado por diecinueve placas iguales (1,25 x 1 m) y comparte materiales, tratamiento y lenguaje simbólico con el retablo. A diferencia del orden lineal del Vía Crucis, las placas del retablo presentan una disposición más libre. En su centro se encuentra la base de una cruz, formada por piezas más pequeñas que extienden sus brazos en relieve.
La imagen de Cristo muestra detalles sutiles: las hendiduras en el rostro insinúan las heridas de la corona; en el torso, manos y pies, pequeñas perforaciones representan los clavos. Estos elementos exigen una mirada cercana para ser apreciados, revelando la profundidad espiritual que el autor imprime en cada forma.
Los relieves no solo aportan profundidad física, sino también simbólica: números romanos, letras, figuras de la Virgen, Cristo y San Juan, junto a elementos geométricos —cruces, círculos, cuadrados— que cosen visualmente el conjunto. La iluminación actúa como un componente más, variando su intensidad sobre cada relieve, lo que da vida y movimiento a la composición.
Sánchez concibe la luz como materia escultórica. La condensa y proyecta, dotando de nueva dimensión al retablo y al Vía Crucis. La escultura se convierte en espacio que transforma al espectador, en una experiencia que trasciende lo visual y alcanza lo espiritual.
El Cristo ocupa el centro, como cabeza de la Iglesia, y todo a su alrededor responde a un orden simbólico y constructivo. Sánchez no solo construye con materia: remueve el alma. Su escultura transmite un mensaje religioso profundo, convirtiendo el retablo en una obra que no deja indiferente.
Nuestro barrio dispone de este espacio de paz y belleza para facilitar la armonía personal, tiempos de oración o encuentros con la trascendencia.



