En el número 8 de Juan Hurtado de Mendoza, justo donde Chamartín empieza a oler a barrio resiste El Quiosco de Óscar: una caseta con alero rectangular, de esas que sobreviven por mantener la tradición intacta. Y es que Óscar Ricardo Pérez Cervera abre cada mañana antes de que los primeros rayos de sol incidan sobre iglesia de San Fernando. Coloca la prensa ordenada, las revistas y los libros. Óscar saluda por su nombre a medio barrio. En una ciudad donde los quioscos desaparecen a la velocidad de la fibra óptica, el suyo es un acto de fe: cada periódico confirma que todavía quedamos muchas personas con ganas de mancharnos los dedos de tinta.

Óscar pertenece a una estirpe casi arqueológica, la de quienes sostienen un oficio que se deshace. “Ahora se vende menos de todo”, reconoce sin dramatismo, mientras despacha un periódico y dos chicles. La frase podría sonar a lamento, pero en su boca tiene algo de constatación serena, como si el declive del papel fuera una tormenta inevitable que él ha decidido capear desde dentro. En un Madrid donde las noticias llegan primero al móvil y los quioscos municipales se vacían a la espera de que alguien los derribe, Óscar se ha adaptado a la manera clásica: todo escritor que se precie de ser quiere presentar su libro allí.

Los vecinos de Costa Fleming saben que, sin el quiosco, el barrio sería otro. Porque un quiosco es un lugar donde uno echa un rato hablando de las noticias y se aprende quién está bien, quién falta, quién cambió de trabajo o quién acaba de mudarse. Óscar lo sabe, aunque no lo diga: su pequeño cubículo de zinc y papel es una barricada silenciosa contra un futuro de pantallas que se acerca como una fecha de caducidad (2029) para cientos de concesiones en toda la ciudad. Mientras llega, él sigue, cada mañana trabajando con la misma dignidad que el párroco, mejorando un mundo que va enterrándose en pantallas.