Pertenezco a esa generación a la que pareciera que el propio entorno se empeñó en infundir terror. “No te hagas ilusiones”, “Cuidado te pasa lo del cuento de La Lechera”, “La vida es difícil, difícil y difícil y al final uno se muere”…una cadena de afirmaciones “positivas” a pesar de las cuales pareciera que todos logramos sobrevivir y ser medianamente funcionales. Ni qué decir de lo grande que era el mundo, donde la tecnología de punta se materializaba en un aparato llamado fax. Algo bien distinto al entorno en el que crecen los jóvenes de hoy.
En consecuencia, trabajé por más de 15 años para una gran banco internacional, desarrollándome como profesional en medio de una de vida corporativa llena de certezas, satisfacciones y reconocimientos, como es propio de ese fabuloso medio que por obvias razones nos engancha y enamora. Lo que no sabía es que la vida tendría preparado para mí otro camino; ocho meses de embarazo de alto riesgo con reposo en casa, varias hospitalizaciones y 9 eternos días y noches en la unidad de cuidados neonatales evidentemente rompen cualquier entorno de certeza. Y ahí empezó todo.
De repente empecé a sentir lo que antes desconocía y sobre todo, lo que nunca había tenido tiempo de ver. Mágicamente, así, como es la vida, se fue abriendo ante mí la posibilidad de darme el permiso para crecer de nuevo, ahora de la mano de Gabriel, y desaprender todas esas enseñanzas que resultaban ser cargas para mí.
Desde que aprendió a andar nos encanta pasear y me asombra todo lo que él ve (y evidentemente yo no). Hormigas que caminan una detrás de otra, semillas de los árboles que se han caído, un nuevo anuncio en la estación del autobús… parece que sus ojos y su mente estuvieran en permanente estado de alerta para captar hasta el más mínimo detalle del mundo exterior. Se sorprende con lo que para mí es indiferente. Está libre de miedos. Disfruta cada experiencia, sin prisas ni cargas. Sus sentidos son la puerta que incorpora las experiencias a su mente, transformando sus vivencias en emociones, sueños e ilusiones. Su mundo es tan básico y lleno de paz e inocencia que me invita a abrir una puerta que durante tantos años tuve bloqueada; la puerta de mi propio mundo interno de ilusiones y de esperanza. Pero sobretodo me invita a cerrar una puerta que por tantos años las personas de mi generación hemos tenido abierta: la puerta del MIEDO. Se rompen en mí las certezas para abrirle paso a las ilusiones.
Las Ilusiones, si. Esa palabra que la RAE define en primer lugar como “concepto o imagen que no se corresponden con la realidad, sino que son producto de la imaginación o de una falsa percepción de los sentidos” (¿el equivalente al cuento de La Lechera?) se transforman en “Esperanza” y “Sentimiento de satisfacción e interés en relación con algo”. Porque ahora que lo puedo ver desde otro ángulo, realmente eso son las ilusiones: el motor de nuestra vida. Las ilusiones alimentan más ilusiones, y hacen que los sueños se cumplan.
Es así como comienza mi camino de emprender, tras el propósito de convertirme en un medio para establecer puentes, para divulgar mensajes, para enaltecer el nombre de Colombia, mi querido país natal, siempre tan afectado por la pobreza, la desigualdad, el narcotráfico y otros muchos conflictos sociales.
Y entre tantas ilusiones y sueños que creímos inalcanzables, llega para mi familia y para mí la posibilidad de establecernos de nuevo en Madrid. La vida nos vuelve a barajar las cartas y cobra más sentido que nunca mirar hacia atrás y agradecer el haberme dado permiso para reemplazar mis certezas por ilusiones y mi miedo por sueños que se suponía jamás se convertirían en realidad.
Hoy no será la fábula de la Lechera, pero sí quizá las redes sociales y la inmediatez quienes amenacen nuestras propias ilusiones y nuestra capacidad de sorprendernos. No tenemos tiempo para lo esencial, que paradójicamente resulta ser lo más importante para que nuestra alma vibre y llegue a su vejez con motivación y ganas de seguir brillando.
No importa la edad ni lo que el mundo nos enseñe, nunca es tarde para reaprender a sorprendernos con las semillas que se caen del árbol y abrirle la puerta a nuestro mundo de ilusiones.


