Vamos a hablar sobre las ilusiones, de todas las ilusiones. Así se lo hemos planteado a nuestros colaboradores para este número 15 de Alexander. Y es que, hay ilusiones que sugieren espejismos o imágenes alejadas de la realidad. Ilusiones en forma de quimeras y éxitos, engañosas para los sentidos y necesarias para nuestra imaginación. Hay ilusiones en forma de esperanza que acariciamos sin ningún fundamento y convertimos en las metas y sueños que nos mantienen en movimiento. También hay ilusiones que es mejor dejar pasar de largo e ilusiones a las que aferrarse como un madero en un naufragio, sabiendo que la mayor parte de las ilusiones flotan incumplidas en algún lugar de nuestra conciencia.
Y es que hay un cierto encanto en cómo las ilusiones se cuelan por las grietas del día a día. Las vemos en las miradas de los que pasan por la calle, en las conversaciones de los bares y en los silencios de los parques. La vida avanza envuelta en una neblina de sueños que todos cargamos. Ilusiones que nacen y se desploman con el tiempo, que se estiran y fragmentan y que, en ocasiones, desaparecen sin dejar rastro. Nosotros, en cambio, seguimos mirando hacia delante.
Decía mi hermano mayor que nos desilusionamos cuando nos topamos de bruces con la cruda realidad, y parte de razón tiene (como casi siempre, el condenado). Precisamente, en esa realidad anida algo muy especial y uno crece con la idea de que las ilusiones son las que dan forma a la vida, una mezcla de esperanza y obstinación, como si fueran el motor invisible hacia un horizonte lejano y a la vista. Al final, las ilusiones nos definen no por lo que logramos, sino por cómo nos enfrentamos a la inevitable caída. Porque ¿qué sucede cuando las ilusiones se desvanecen y la promesa de algo mejor se revela como un espejismo? ¿Nos derrumbamos, o buscamos nuevas quimeras a las que agarrarnos? Así, la vida se convierte en un delicado equilibrio entre ilusión y realidad y el que soñaba con ser un gran empresario se conforma con mantener su pequeña tienda a flote y el que aspiraba a una vida de portada ahora valora las pequeñas e invisibles victorias. No se lo digan a nadie, ¡yo soñaba con ser una estrella del rock!
Esta adaptación no es una rendición, sino una metamorfosis que hemos representado en la portada de este número por el huevo y la gallina, que en esencia son la ilusión y la realidad en diferentes fases temporales. Nuestras ilusiones cambian al evolucionar, y nosotros lo hacemos con ellas. Y la vida avanza como una sucesión de grandes fracasos y pequeñas victorias, de ilusiones que nos motivan y otras que nos traicionan. Sabiendo que cada desilusión esconde una verdad que nos hace un poco más sabios y más fuertes. Quizás el verdadero valor de las ilusiones no esté en su cumplimiento, sino en el viaje que nos llevan a recorrer hasta apreciar la persona en la que nos convertimos. Fracasar una y otra vez manteniendo la ilusión intacta. Seguir soñando alto, volando bajo y regresando a casa. Porque, al final, las ilusiones, aunque frágiles, son el reflejo de nuestras esperanzas más profundas. Y esas, por mucho que el tiempo las desgaste, nunca se apagan del todo.


