¡Buenas noches, familia! Les habla don Mariano Ozores, o lo que queda de él después de una fiesta cósmica. Resulta que para entrar en el cielo me han pedido el carnet de mortalidad y aquí me encuentro, llamando desde el más allá con más ganas de hacer reír que estando vivo. Como dijo el otro ¡la Lola nos lleva al huerto!, pues la Lola en cuestión vino a buscarme con guantes blancos. Pensé que aquí no habría colas ni censura y lo primero que han hecho es requisarme el guión del Erótico enmascarado. ¿Qué está ocurriendo? Ya me entienden, lo mismo que en Yo hice a Roque III: están haciendo una película sin mí, y yo ya me sé el final.
¿Dónde están Andrés Pajares y Fernando Esteso? Estarán con la fiesta o repartiendo cartones celestiales. ¡Que no falten las risas! Ya me veo charlando con ellos sobre la España de la Transición, diciendo: ¡pero qué adelantados eran los guapos del cine!
No crean que he venido solo. Mi hermano Antonio me grita desde la eternidad que por fin le he ganado la partida en el mus celestial y que mañana tocaba barbacoa de cielo con mechones incluidos. José Luis, mi otro hermano, nos ha mandado un paquete de chucherías para la recepción (teníamos hambre de retranca). Además, la España que retraté con mis cámaras —esas colas, novias al balcón, charangas de pueblo y curas sobones— me acompaña en este rodaje: cada confesor del más allá suelta más chistes que secretos…
En fin, queridos, no se preocupen, me llevo mis películas favoritas en la maleta. Los Bingueros y El Culebrón (que aquí se usa para calzar nubes). Me despido con cariño, quien ríe último, ríe mejor y yo voy por ronda doble. Nos vemos en la próxima sesión, si es que no me llaman para hacer un remake cósmico.
Gracias por los aplausos, las ovaciones en penumbra y por aguantar mis chistes hasta el último acto. ¡Ahora puedo afirmarlo sin miedo a equivocarme: ¡en el cielo hay sitio para todos… también para los grandes humoristas!


