Si uno se adentra en el corazón de la Costa Fleming es posible que sus pasos nunca le conduzcan hasta El Olivar. La calle Padre Damián por el oeste, la calle de Honduras en dirección contraria y, un poco más al norte, la calle Henri Dunant. En su confluencia, conservada en ámbar por la Fundación Menéndez Pidal, una casa de muros blancos entre olivos centenarios, la prueba de que en 1922 —año del inicio de la construcción de la casa— esta zona de Madrid era campo, flora y fauna. Las enciclopedias llegarían un poco más tarde.
En 1925, la familia al completo (Ramón Menéndez Pidal, María Goyri, Amalia, la madre de María, los hijos de la pareja, Gonzalo, Jimena y su esposo) se instala en la que sería su residencia y despacho hasta el final de sus días. Aquí encontrarían la tranquilidad necesaria para llevar a cabo un tarea de proporciones épicas: el Archivo del Romancero, cuyo punto de partida es el viaje de novios en burro de la pareja por la ruta del destierro del Cid. Años después, hasta Charlton Heston vendría a documentarse para su papel en la película de Anthony Mann. Pero antes de adelantar acontecimientos (ya adelantados), ¿quiénes eran los Menéndez Pidal?
Comencemos por don Ramón, el cabeza de cartel y uno de los hombres más cultivados de Chamartín. Gallego de raíces asturianas, recibió 151 nominaciones al Premio Nobel de Literatura y, según el régimen franquista, estaba “dominado por su mujer”. Creador de la escuela filológica española y miembro erudito de la generación del 98. Desde pequeño demostró un gran interés por el campo, sus gentes, su memoria y sus romances, composiciones epopéyicas pertenecientes a la tradición oral.
—Gerineldo, Gerineldo, paje del rey más querido,
quién te tuviera esta noche en mi jardín florecido.
Válgame Dios, Gerineldo, cuerpo que tienes tan lindo.
—Como soy vuestro criado, señora, burláis conmigo.
Así se lanza a los caminos de tierra, con la intención de recuperar un tesoro en el aire que recopilaba con avidez en un cuaderno. Y de las páginas llenas de tinta a una red de colaboradores que le enviaban textos de romances gallegos y mexicanos, otros sefardíes, alguno desde el castillo de Bran o la judería de Segovia y el norte de África, todo ordenado por fichas que guardaba en una casa que poco tiene que envidiar a la biblioteca de Alejandría, eso sí, lejos de las garras de Julio César y cerca de las botas de Vinicius.
A su vera, María Goyri, una de las mujeres más cultivadas de Chamartín y la primera en obtener una licenciatura en España. Mucho tuvo que ver en ello su madre Amalia, soltera empeñada en ofrecer a sus hijos la libertad que nace de la educación y el conocimiento. Fue ella la encargada de instruir personalmente a María hasta los doce años. En 1893, María se matricula en Filosofía y Letras y tres años después obtiene su titulación con sobresaliente, dando a entender que las cosas podrían cambiar en un país que por entonces relegaba a las mujeres al fondo de la casa “y estate calladita”. Pero María no se detendría ahí y, además de “dominar a su marido” por obra del amor y la inteligencia, desarrollaría una brillante carrera como investigadora.
La escuela primaria debe ser cuidada maravillosamente, porque la pedagogía no es una palabra baldía ni insensata como se empeñan en demostrar los que la desconocen. Enseñar exige maestro. El maestro debe saberlo ser.
Fue en el Ateneo de Madrid y a lo largo de una serie de conferencias sobre los orígenes del español impartidas por don Ramón donde la pareja se conoce. Cientos de cartas, excursiones, siestas en hamacas a la sombra de los pinos, lecturas y recreos bajo las estrellas formaron parte de un noviazgo de tres años no exento de polémica: a la familia del novio no le gustaban las mujeres con carrera y menos las hijas de una solterona. En mayo de 1900 y contra todo pronóstico, Ramón y María se casaban. El resto es historia. Y esta historia la escribieron juntos.
La idea de vivir en un lugar a las afueras de Madrid tuvo una fría acogida en el seno de la familia Menéndez Pidal, sin embargo, la Cuesta del Zarzal 23 era el lugar idóneo para ordenar y almacenar la ingente cantidad de documentos y anotaciones acumulados a lo largo de años de intenso trabajo. Allí podrían alejarse del ruido de los automóviles, tomar baños de sol y dar paseos matutinos entre jaras, olivos y membrillos. La parcela elegida se encontraba al lado de la de José de Castillejo y como siempre sucede, las obras se fueron retrasando. Dos años después, la casa-estudio quedaba inaugurada y el Olivar de Chamartín fue convirtiéndose en lugar de reuniones y cenas, un laboratorio de ideas al que asistían figuras tan relevantes como H.G. Wells (que no perdonaba las siestas), Rafael Alberti y Ortega y Gasset. El tejido cultural de la ciudad era esta casa, hasta el estallido de la guerra en el 36.
Todas las mañanas aparecen cadáveres en los descampados que entonces se llamaban “las cuarenta fanegas” y se reciben noticias de “paseos” de amigos y familiares.
Habría que esperar diez años para que las cosas volvieran a su cauce. Tras el exilio, la familia crece —tanto Jimena como Gonzalo tendrían descendencia— y el espacio de la casa se duplicó con la adhesión de un nuevo inmueble al chalet primigenio. Ese es el edificio conservado hasta nuestros días de móvil y velocidad y que puede visitarse previa reserva en la página de la Fundación Menéndez Pidal, una organización sin ánimo de lucro que continua el proyecto de la familia con un objetivo presente y futuro: la difusión del legado cultural y universal de los Menéndez Pidal.
Al cielo pide justicia,
a la tierra pide campo,
al viejo padre licencia,
y a la honra esfuerzo y brazo.
Descolgó una espada antigua
de Mudarra el castellano,
que estaba vieja y mohosa
y así le dice turbado:
Todo está en la Costa Fleming



