Un atrevimiento escribir sobre el muy reconocido Paco Umbral, definido como “el mejor prosista en castellano del siglo”; pero ¿cómo no hacerlo tratándose de un vecino tan ilustre de nuestro barrio?

Se han celebrado los 25 años de una de sus mejores novelas: Mortal y Rosa. Paco vivió en la calle Félix Boix, justo enfrente de nuestra parroquia. Después se mudó a la cercana calle de Juan Ramón Jiménez. Así que estos días, cuando paseo por las aceras de mi barrio, me sorprendo pensando que podría cruzármelo, tener un encuentro con él, con su inteligente ironía; mejor, con su persona, porque he leído que solía hablar solo, silbar, cantar, llorar por las calles negras de una ciudad, a primera hora de la noche. Me muevo hablando solo, torpemente, buscando algo, buscándome.

De haberse dado ese encuentro hubiese intentado preguntarle qué tal se sentía siendo un escritor tan premiado. Nadal, Cervantes, Príncipe de Asturias, Premio Nacional de las letras… o quizás le hubiese preguntado directamente “¿qué tal sigue tu hijo?”, “¿cómo lo llevas?” Y hubiese buscado la respuesta en sus ojos o en su silencio. Pero el encuentro se ha dado en su escritura permitiéndome leer su diario más íntimo.

Me lo imagino preguntándome: ¿y tú quién … eres? Quizás, saludándome con todo respeto, desde el asombro de alguien que se acerca a él para no hacerle ninguna entrevista. Y me llega su respuesta: Somos el hombre y el niño que están en el mundo … Somos un hombre y un niño que se adentran naturalmente en lo más escarpado de la luz. Y en buena vecindad abriríamos nuestro diálogo.

Juego con la ventaja de quien sabe que también los grandes escritores son cernidos en el cedazo del sufrimiento, de la incomprensión de la hondura humana, desde los bordes del misterio.

Paco no me oculta, ni a mí ni a nadie, que en su compleja personalidad se cruzó el dolor perforador de perder a un hijo. A él, que consiguió casi todo, aunque le faltó el Nobel, también la existencia le llevó por esa senda donde pasan los que buscan el amor desde todos los ángulos de la vida. Así sostengo en mis manos su libro marcado por el verso de Pedro Salinas: … esta corporeidad mortal y rosa donde el amor inventa su infinito.

En su prólogo, intentando etiquetar el estilo, se dice que hay “novelas que van más allá del canon narrativo tradicional y que conecta con determinado lirismo expresivo”. Mejor no encasillar al autor de tantos textos eminentes. Mejor un apretón de manos de buen vecino después de haber leído su libro. Trecho agobiante de la propia vida.

Parados en mitad de la calle, como quienes van de paso, entramos en la conversación: no somos sino una sucesión de esbozos. Y naturalmente en eso disentimos. Él se queda en la naturaleza. Yo busco su alma. Sé que la tiene. Dice que llevamos la verdad por fuera, la carne, y la máscara por dentro, como no queriendo dar la cara en el más allá.

Me doy cuenta que no es toda su verdad, pero a través de este libro le oigo decir: no basta con mirar … hay que interiorizar lo que está afuera y verlo hacia dentro. Aprender a escuchar con los ojos. A ratos tengo la impresión de estar ante un contemplativo. Esto de “escuchar con los ojos” me hace desear más hondamente haberme cruzado con él antes.

El encuentro entre un escritor de la talla de Umbral y un sacerdote católico es difícil meterlo entre las costuras de los prejuicios actuales. Lo aclara saber que con él se asfixian los místicos. Pero tampoco se busca un juego literario. No es difícil encontrar referencias disimuladamente evangélicas en su texto, en nuestro encuentro dice: mi mano izquierda es más femenina, más sensible, posa y vuela. Marta y María, las manos, para decirnos que no hay igualdad en la vida. Pero las manos, en el amor, son aves, y los pies son piedras.

Me descoloca cierto pesimismo cultural. Abiertamente me dice que somos una obra de albañilería, una chapuza cósmica y lo justifica con una referencia a los místicos o el lirismo. Creo que por ahí anduvo él, perdido entre senderos de la mística y el lirismo sin poder abrirse camino … porque el hombre… es al menos una maqueta bien intencionada del Universo.

Agradable encuentro. Me hace sonreír con su vuelta a referenciar lo religioso: nuestro esqueleto seguramente es un tío asceta y antipático, un ermitaño, un solitario, un contemplativo, un místico sin tentaciones, que pasa el día rezando entre dientes lo que nosotros no rezamos. Algo es algo, pero no se trata de mínimos. Me quedo mirándolo. No al escritor sino al vecino que ha perdido a su hijo y se pregunta: ¿qué es la eternidad? Y se responde: cal y fosfato. Quizás por ahí ande el caos, la asfixia de su mística. Pero el niño está ahí…presente y completo… el niño lo lleva de la mano, es la medida de mi exilio. Y aunque me lo niegue, él se hace como uno de esos pequeñuelos. Es otro referente evangélico, si no os hacéis como niños. El niño nos lleva hasta los reinos de lo pequeño. El niño sabe reducir lo enorme a su medida y entenderse con lo inmenso mediante lo pequeño.

No es la primera vez que pasa por aquí. Pasó algún domingo y vio que la gente desaparecía dentro de la iglesia…la humanidad conversa con Dios … Yo voy por la calle llevando a mi hijo de la mano. Converso con mi hijo. Prosigue su monólogo: No hemos encontrado a nadie a nuestro paso. Ni siquiera a Dios. Las iglesias tienen en torno un cerco de silencio. ¡Ay, el silencio! En otro momento, me dice: qué sosiego ir por la vida en silencio, pero qué difícil la contemplación.

A través de su obra nos hemos estrechado la mano, a la vez me dice: Me adentro, con el niño de la mano, en la profundidad de la mañana, en la hondura sin misterio del día. Pero no lo creo porque lo que me transmite es misterio sano y vivo. Quizás, como tantos humanos, hay días en que estamos obcecados de fatalidad. Lo que no le impide afirmar: La vida es gratuita y eso es todo, y el escritor tiene que dejar pasar la luz del mundo sobre la cuartilla, aunque no es luz todo lo que alumbra. Por mi hijo, he visto más allá, más adentro y más lejos. Cuando el niño ríe, la vida se aligera y el sol se enciende. Su risa triunfa de la muerte. Hay un triunfo sobre la muerte, aunque el mal de los niños tiene todo el horror de una profanación. Y siento, al leerlo, que el mundo huele a herida infectada.

Tomo nota de tu sugerencia al hablarme de las tres miradas: La mirada del odio, la del amor y la de las preguntas. Hablaríamos de esas frases tuyas: No hay otra resurrección de la carne que el verano, la literatura es la secularización de mi aislamiento. Y con ese anhelo que te hace desear: Todo lo que me pasa le pasa a cualquiera. ¿Para cuándo el misterio?… ¿Por qué no puedo llegar yo adonde han llegado simples pastorcillos y aldeanas ignorantes?.

Me asombras cuando, pese a todo, a tus manos cansadas de escritor, entonas una nana que me dice todo: ea, mi niño, ea.

JOSÉ MIGUEL DE HARO SÁNCHEZ

Almeriense de Cuevas del Almanzora, misionero Redentorista, Párroco de El Santísimo Redentor de Madrid. Presidente de la asociación Acoger y Compartir. Autor de varias publicaciones sobre la Comunidad de Taizé.

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