Las plazas, en el imaginario urbano, suelen ser lugares de encuentro. Espacios de pausa y convivencia. En ellas se pasea, se juega, se mantienen conversaciones o se toman helados en un banco a la sombra. Madrid está llena de esas plazas: mayores o menores, recogidas o bulliciosas. Pero la Plaza de Castilla es otra cosa. Es, paradójicamente, una plaza sin plaza. Más que un lugar de estar, es un espacio de paso; más que un ágora, es un nudo. Aquí nadie se detiene demasiado tiempo: se entra, se cruza y se abandona. Quedamos en Plaza de Castilla pero nos vamos a otro lado. Es un escenario inmóvil para un tránsito perpetuo, un gigantesco nexo de comunicaciones que se circula por superficie y bajo tierra, punto de partida y arribada de carreteras y autobuses. Se trata de un lugar que sustituye la función tradicional de la plaza como corazón de la vida social. La Plaza de Castilla es vértigo y tránsito. Y, sin embargo, permanece.

Lo más fascinante es que todo en ella es movimiento. Coches, buses y gente con prisas, muchas prisas, que son observados por piedra, hormigón, ladrillo, acero y cristal. La mujer de la escultura “El dolor”, en la trasera del monumento a Calvo Sotelo, parece añorar tiempos más tranquilos. Las torres vigilan la puerta de entrada y salida a Europa y el obelisco marca un centro que antes rotaba y ahora yace inmóvil. Todos esos elementos son una escenografía sobre la que se representa, una y otra vez, el teatro de la vida urbana. Madrid respira por sus plazas, pero corre sus prisas en la Plaza de Castilla.

Mucho antes de que existiera como gigantesca rotonda, este punto ya era geografía de tránsito. En diciembre de 1808, las tropas de Napoleón entraron en Madrid precisamente por aquí. Llegaban desde Burgos, avanzando por la carretera de Francia/Irún, que desembocaba en esta zona norte del entonces pueblo de Chamartín de la Rosa. Durante unos días, Chamartín fue cuartel general de la Grande Armée. Cruce de caminos polvorientos y caseríos dispersos, el lugar, hoy asfalto y cemento, fue entonces escenario de columnas de soldados, cañones, tambores y caballos. Madrid fue conquistada con el paso de tropas fatigadas y esa memoria bélica, aunque difusa, quedó impregnada en la zona. Lo inmutable, en este caso, no es tanto la materia como la memoria: el hecho de que este espacio fuera puerta y frontera en uno de los momentos más turbulentos de la historia de España.

Secundino Zuazo, uno de los máximos exponentes del racionalismo arquitectónico en España y urbanista clave para entender el Madrid actual, concibió la prolongación de la Castellana hasta una gran plaza como encrucijada viaria. Con el paso del tiempo, la guerra civil y el crecimiento imparable de Madrid hacia el norte, la Plaza de Castilla fue ganando protagonismo. En ella estuvo el famoso Hotel del Negro, donde coincidían vecinos de Tetuán y Chamartín de la Rosa, eventos deportivos, familias merendando en su jardín y noctámbulos compartiendo barra con comitivas fúnebres camino del desaparecido cementerio de Chamartín. La plaza, de forma orgánica, se había convertido en el gran nudo de comunicaciones del norte madrileño.

Los cuatro elementos que definen el perfil de la Plaza de Castilla fueron construyéndose a lo largo de los años. En 1952 el depósito elevado del Canal de Isabel II, recordándonos que el agua, tan dinámica, necesita estructuras firmes para fluir. Unos años más tarde, en 1960 el monumento a Calvo Sotelo, obra del arquitecto Manuel Manzano Monís y el escultor Carlos Ferreira con sus relieves y la escultura posterior llamada “El Dolor.” Durante décadas ocupó el centro de la plaza, enmarcado por un fondo de chopos que cerraba visualmente la Castellana. Varias décadas después Las Torres KIO de Philip Johnson y John Burgee, dos gigantes inclinados 15 grados que han pasado de polémicos a icono del skyline madrileño. Y por último, el Obelisco de Calatrava, inaugurado en 2009 como regalo de Caja Madrid por el aniversario de la ciudad: una escultura dorada de 92 metros ideada para girar pero que hoy permanece detenida, aceptando resignada la ley de la quietud del lugar.

Lo que pudo ser y (afortunadamente) nunca fue

En el diseño urbano de la Plaza de Castilla hay multitud de proyectos que nunca se realizaron. Hemos encontrado fotos de maquetas, planos y montajes fotográficos de mediados del siglo XX en el Archivo Regional de la Comunidad de Madrid que nos han sorprendido y queremos compartir con nuestros lectores.

Es llamativo ojear las propuestas del concurso para la ordenación de la plaza. La Puerta de Europa que concebían algunos estudios parecían las puertas del mismísimo averno o la entrada a Mordor. Proyectos con una o dos torres desmesuradas de hormigón sin ventanas, oscuras y enormes. Columnas de acero como las pantorrillas de Optimus Prime para que salir o entrar a Madrid nos provocase un nudo en la garganta. Quizá por eso, cuando miramos las Torres KIO, además de ver dos gigantes inclinados, podemos respirar aliviados por aquello que nunca llegó a construirse.

Las décadas posteriores tampoco renunciaron a soñar. Algunos planes buscaban convertir la plaza en un gran foro norte, con jardines y espacios peatonales; otros imaginaban prolongar el eje de la Castellana con avenidas monumentales. Hubo proyectos para levantar centros culturales vinculados al Canal de Isabel II, edificios representativos que dotaran de aire cívico a la zona o incluso pasarelas peatonales y plazas en dos niveles, a medio camino entre Ponte Vecchio y la ciencia ficción castiza.

El proyecto Urbanor (1981) propuso construir una manzana de ocho plantas con patio interior y fachadas acristaladas. Otros soñaban con bloques más bajos que domesticaran el horizonte, un intercambiador central más ambicioso o incluso un foro que devolviera cierta humanidad al espacio. La ciudad, sin embargo, terminó imponiendo su versión más práctica: la rotonda, el intercambiador y el tráfico. Si Jane Jacobs fuese vecina de Plaza de Castilla hubiese montado en cólera, pero lo permanente acabó siendo no la fantasía monumental ni la utopía cívica, sino la solución práctica y funcional en la ecuación de resolver el tráfico del Madrid de finales del siglo XX.

Decía Walter Benjamin que la ciudad es un sueño colectivo escrito en piedra. En la Plaza de Castilla es un sueño peculiar: no está hecho de convivencia, sino de tránsito, pasar por ahí pensando en tus cosas o quedar con alguien para irte a otro sitio. Ahí reside su grandeza: lugar de paso y, al mismo tiempo, permanecer como referencia. Quienes vivimos en Madrid hemos cruzado por Plaza de Castilla, quienes nos visitan se hacen el selfie y se van. Y la plaza sigue ahí, estática, esperando el siguiente movimiento.