De niño, solía perderme en largas ensoñaciones sobre el futuro. Lo proyectaba como una dimensión de espacio y tiempo fascinante, donde todo parecía posible. Imaginaba cielos atravesados por coches voladores, tecnologías que desafiaban los límites de la física, y todo tipo de invenciones asombrosas. En mi mente, el futuro era un lienzo en blanco donde todo lo imaginable podía ir a más, ser mejor.

Sin embargo, hoy por hoy, me consta que pertenezco a las últimas generaciones que no se ha sabido proyectar en un futuro ilusionante y deseable. Ni nosotros, los adultos, ni los jóvenes que nos suceden, estamos siendo capaces de soñar con un bienestar mayor. Ya no nos ilusionamos con los tiempos que están por venir. Nos hemos quedado sin utopías.

No me sorprende. Nos encontramos ante una sobreexposición de mensajes negativos sobre un futuro cada vez más incierto, a la vez que sufrimos una enorme falta de ideas cautivadoras del porvenir. Nos hemos convertido en una sociedad que proyecta un futuro colapsado por guerras, pandemias y catástrofes climáticas. Un futuro de pobreza y carencias, insano, inseguro y asfixiante. Un espacio temporal demasiado incierto y donde cada vez es más difícil imaginar que el éxito individual se pueda ligar también al éxito social.

Muchas veces me pregunto en qué punto hemos dejado de elaborar utopías. ¿Cuándo caímos en la decepción que nos llevó a dejar de soñar un futuro mejor? Las utopías se construyen por la necesidad de aspirar a un mañana que supere al presente, en una mezcla de esperanza, necesidad y trascendencia.

No sé en qué momento se ha torcido la costumbre colectiva de aspirar a un futuro mejor, pero sé que es urgente recuperarla. Deberíamos considerar la generación de utopías como una obligación disciplinaria y no subestimar nunca su poder. El hecho de crearlas y creerlas tiene el potencial de convertir el futuro en una realidad palpable. Si no, ¿qué nos queda?

Somos legión los que a día de hoy insistimos en construir utopías y hacer de nuestras vidas un sueño con intención, dirección y sentido. A fuerza de creer que el futuro sí puede ser mejor que el presente, las ilusiones se recuperan. Cuando creamos Unlimited nos movía una determinación por perseguir un futuro donde nada fuese lo que era en ese momento, donde poder romper prejuicios, barreras y automatismos, donde generar cambios profundos y resistentes fuese la única opción viable. Creer, crear y crecer, mejorando la utilidad social de las empresas. Supimos confiar en la inteligencia que nos define como especie para hacer germinar una nueva saga de empresas: más sensibles, de carne y hueso, pero sobre todo de corazón.

Deseo que este año sigamos siendo capaces de imaginar futuros deseables para crear realidades tangibles. Y os insto a sumaros a este propósito: volvamos a soñar con que somos capaces de mejorar lo que nos rodea, de regenerar todo lo que más nos importa.

Hagamos de la utopía un estilo de vida.