En la calle Juan Hurtado de Mendoza hay un lugar suspendido en un tiempo que ya no existe, pero sigue discurriendo. El Red Lion lleva abierto más de sesenta años y podría parecer un pub al uso si no abriera todas las mañanas y casi todos los días del año, como si se negara a aceptar la lógica nocturna del bar de toda la vida. En el León Rojo existe una densidad histórica propia. Con su decoración medieval de madera, esas cristaleras y un kitsch sin complejos, el local fantasea con una Inglaterra medieval del centro de York pero desde nuestro querido barrio en Madrid.
La historia del local se confunde con la del cine y el tardofranquismo. Fundado a comienzos de los sesenta, fue parte del set de Campanadas a medianoche de Orson Welles, ambientada en una Edad Media shakespeariana que aún hoy permanece físicamente en las sillas, las mesas y en Ángela, ama y señora del lugar, que levantó el local cuando la Costa Fleming era una zona periférica de edificios recién estrenados y los principios del alterne yeyé. Mientras otros pubs vendían copas caras a clientelas de ida, el Red Lion funcionaba como lugar neutral: las chicas iban allí a tomar algo, no a trabajar. Era, ya entonces, un espacio aparte.
Con los años, el bar ha ido acumulando regalos de famosos —Perón incluido—, anécdotas de la realeza, noches de Ava Gardner bebiéndose una botella de ginebra sin que se le corriera el rímel, Richard Harris acodado en la barra, señoras en la terraza recién salidas de la peluquería con su cervecita, eso no ha cambiado… toda una vida y una era. El Red Lion equivale a visitar un Madrid que quiso ser cosmopolita sin dejar de ser nostálgico. Un lugar donde el pasado se bebe en cuerpo presente y más allá.

