Hay tiendas que parecen existir desde antes de que uno naciera. No porque sean antiguas, sino porque no hay manera de imaginar el mundo sin ellas, como la familia. Regalos Pedro Fernández, en la calle Doctor Fleming 35, se resiste al tiempo, como si su vocación fuera simplemente estar ahí, al acecho de cualquier cumpleaños de última hora, de un compromiso imprevisto o de esa necesidad tan cotidiana de comprar algo al pensar en una madre.

El escaparate es un museo: figuritas, relojes, menaje de cocina, velas, paraguas o  jarrones que parecen esperar eternamente unas flores. Y, sin embargo, hay algo cálido en este bazar cronológico, que nos reconcilia con la idea de regalar sin estrategias ni emoticonos. Las tres generaciones de la familia de Pedro Fernández al mando ven desfilar desde detrás del mostrador a otras tantas generaciones de vecinos. Una familia que siempre te recibe con una sonrisa que ilumina tu día, incluso a esos clientes que buscan una caja para una tarjeta-regalo de Amazon. Porque las cosas cambian.

Pedro Fernández Regalos pertenece a otra liga y una época en la que los objetos tenían otro valor y otro peso. Entrar ahí es como abrir un álbum familiar. Y uno sale con la sensación de haber comprado algo más que un regalo y conseguir una tregua frente a un mundo que corre demasiado deprisa, un recordatorio de que todavía hay cosas que se envuelven en papel, lejos de una pantalla y un clic, cerca de la gente y un barrio.