En un par de meses cumpliré 50 años y desde que tengo uso de razón me ha gustado el fútbol. También me gusta ir a la playa o la ensaladilla rusa, pero es que el fútbol no ha sido solo una afición sino casi una obsesión enfermiza en varias etapas de mi vida. Hace unos diez años gané un concurso para frikis futboleros de la COPE, creo que no fallé ni una pregunta. También he trabajado como periodista deportivo, narrador de partidos para la radio y la televisión, speaker de la Selección Española y hasta representando a jóvenes futbolistas que sueñan con llegar a vivir de esto. Evidentemente no me puedo comparar con Don Alfredo Di Stefano cuando decía aquello de “en el fútbol solo me ha faltado ser el balón” pero a mi manera llevo medio siglo inoculando el virus de esa pelota que nunca se mancha. Y cuento todo esto, no tanto para hablar de mí, sino para explicar como algunos acontecimientos en mi infancia marcaron esta afición imperecedera. La mayoría de ellos sucedieron a orillas de la Castellana entre el 84 y el 86. Según Rilke la verdadera patria es la infancia y algunos de los recuerdos más lúcidos que tengo de ellas (de la patria y de la infancia) sucedieron a 450 kilómetros de mi casa asturiana una fría noche de diciembre cuando tenía 10 años y el fútbol se “veía” cerrando los ojos y escuchando una emisora de onda media.
En septiembre de 1984 el Real Madrid era un equipo perdedor. Cuatro años sin ganar la Liga y dieciocho sin título europeo. En la última campaña perdió la Liga por el gol-average con el Athletic de Bilbao que también lo eliminó en los penaltis de semis de Copa (aún recuerdo escuchar nerviosísimo esa tanda por radio en casa de mi abuela) mientras que en la Copa de la UEFA el humilde Sparta de Praga lo echó en primera ronda. La década de los 80 no estaba haciendo justicia con el gran dominador del fútbol español desde mediados de los años 50 y tanto los equipos vascos como el Barça de Nuñez querían ocupar el trono blanco. Las arcas de club presidido por Luis de Carlos no atravesaban su mejor momento y en el verano de 1984 tan solo se pudo afrontar un fichaje de nivel: Jorge Valdano procedente del Real Zaragoza. La base del equipo estaba formada por Camacho, Santillana y Gallego que habían disputado con España la Eurocopa del 84. Aunque se habían sumado varios chavales muy prometedores de la cantera. Entre ellos Butragueño y Sanchís. Era un equipo, cuanto menos, limitado y, al comenzar la temporada 84/85, sólo ganaron 3 de los primeros 10 partidos.
Recuerdo las pullas de mis compañeros de clase cuando mi vestía mi equipación del Madrid con el 3 de Camacho en la espalda. El día que cumplí 10 años el Madrid iba noveno en la Liga y había perdido 3-1 ante el Rijeka en la UEFA, quizás era el momento de saltar del barco. Y realmente esa nave estuvo muy cerca de naufragar un 7 de noviembre de 1984 cuando en la vuelta de dieciseisavos de la Copa de la UEFA en un Bernabéu con pobre entrada, el Rijeka aguantó el 0-0 inicial hasta el minuto 67 en que Juanito anotó de penalti. Hacían falta dos goles más y fueron convertidos por Santillana y Valdano en un partido que dio mucho que hablar por el escandaloso arbitraje del belga Schoeters que expulsó a tres yugoslavos (uno de ellos sordomudo al que amonestó por protestar) y pitó un penalti por falta a Butragueño que reconoció que nadie le había tocado. En cualquier caso, y en medio de las protestas balcánicas, críticas periodísticas y sensación de bochorno, aquella noche fue también histórica al convertirse en un punto de inflexión en la historia europea del club blanco.
Justo tres semanas después el equipo entrenado por Amancio visitaba el feudo del temible Anderlecht belga, y por tercera vez en tres partidos de visitante en Europa caía estrepitosamente por tres goles a cero. La vuelta disputada el 12 de diciembre se planteaba casi como una misión imposible pero el técnico gallego sacó un once muy ofensivo con el joven Michel de carrilero diestro y una delantera formada por Santillana, Valdano y Emilio Butragueño. Pero sería otro chaval de apenas 20 años el autor del primer gol apenas a los dos minutos: Manolo Sanchís, que ese día jugaba como mediocentro. A la media hora, en medio de una marabunta que se transmitía del césped a la grada y a la inversa, la eliminatoria ya estaba igualada. Los belgas marcaron entonces un gol que obligaba a los merengues a anotar otros dos, pero en el 39’ Valdano convertiría su segundo tanto de una noche en la que el argentino definiría también aquella electricidad del Bernabéu con un nombre que ha transcendido generaciones: el miedo escénico. En la reanudación un Emilio Butrageño que jugó quizás su mejor partido como madridista sentenció con dos goles que desataron la locura. En apenas dos meses el Real Madrid había pasado de ser un alma en pena a convertirse en un equipo capaz de realizar lo imposible.
En marzo se superó con apuros al Tottenham, vigente campeón y quedaba por superar el penúltimo escoyo en una semifinal que tenía visos de final anticipada ante el Inter de Milán de Rummenige y Altobelli. Los neroazzurri se llevaron el triunfo en San Siro por un 2-0 que se pudo quedar corto. Al finalizar aquel partido Juanito lanzó a los jugadores italianos un grito que se convirtió en sentencia y parte de la épica de las remontadas: “Noventa minuti en el Bernabéu son molto longi”.
Quince días después y tras la sustitución de Amancio por Molowny, un Bernabéu a reventar veía como Carlos Santillana igualaba la semifinal con dos goles antes del descanso. Los italianos no daban crédito a la transformación blanca en apenas dos semanas. Michel sentenció el pase a la primera final de Copa de la UEFA del Real Madrid cuando aún quedaba media hora para el pitido final. Un equipo que peleaba por la quinta posición en Liga con el Osasuna y eliminado en primera ronda de Copa del Rey estaba a un paso de su primer título europeo en 19 años. El rival en la final era el sorprendente Videoton húngaro que había eliminado a PSG, Partizan o Manchester United y del que no hemos vuelto a saber en estas últimas 4 décadas. El 22 de mayo el Real Madrid se proclama, sin brillo tras perder en el Bernabéu 0-1, campeón de la UEFA tras pasar 6 eliminatorias. Un día después Luis de Carlos era reemplazado en la presidencia por Ramón Mendoza, que llegaba prometiendo grandes fichajes.
En el verano de 1985 aterrizaron en Chamartín Hugo Sánchez, Gordillo y Maceda. Junto a una Quinta del Buitre ya asentada y un grupo de veteranos aun con mucho fútbol, la temporada fue diametralmente opuesta a la anterior y la Liga parecía ganada ya en Navidad. Mientras tanto, la defensa del título de UEFA comenzó a torcerse. El 11 de diciembre de 1985, el Anderlecht regresaba a Chamartín en medio de un extraño ambiente de euforia. Al minuto 20 de partido dos cabezazos de Jorge Valdano (en su noche más recordada como merengue) había puesto el Bernabéu boca abajo y a los jugadores del Borussia al borde de la crisis nerviosa. Así se llegó al descanso y a pesar de que aún hacían falta dos goles más para remontar, el optimismo impregnaba la parroquia madridista que confiaba en volver a ver un milagro. Pero pasaban los minutos y no llegaban los goles, los fantasmas del pasado y el posible fin de la era de las épicas remontadas sobrevolaba también el ambiente. A falta de un cuarto de hora para el final, Santillana desataba la locura rematando de volea a la red un servicio de Michel, solo faltaba un último gol. Y, como en un final made in Hollywood sería nuevamente aquel veterano delantero con nombre de editorial de libros de la EGB quien empujaría un balón a la red a falta de dos minutos danto origen a una de las fotos más icónicas del madridismo con todos los jugadores abrazándose sobre el césped en pleno éxtasis. Un minuto después Juanito, autor de los dos primeros pases de gol, fue sustituido en medio de una atronadora ovación mientras saltaba y lanzaba los puños al aire fuera de sí. Fue quizás la última gran noche europea de dos referentes para una generación, Juanito y Santillana, protagonistas de un cántico que ha transcendido generaciones y refleja perfectamente la mística de aquellas noches europeas:
Arriba, vamos arriba, arriba con ese balón
que Juanito la prepara, que Juanito la prepara
y Santillana marca el gol
Pocas cosas se parecen a cómo eran hace 40 años, ni la información a la que puede acceder un aficionado, ni la manera de vivir los partidos ni el propio Estadio Santiago Bernabéu concebido hoy como un mega escenario de espectáculos. El fútbol es una gran industria del entretenimiento a nivel global y enormes intereses económicos. El marketing, el negocio y hasta la política han ido ganando un espacio que antes cubrían los aficionados de la bufanda casera, bocata y humo de Farias. El fútbol se ha ido alejando de la afición para acercarse a los palcos VIP y a masas de turistas ansiosos de vivir experiencias únicas. Miles de ellos acuden a cada partido como local del Real Madrid queriendo capturar el momento, vivir esa épica o recordar alguna efeméride a golpe de Instagram o TikTok. Algunos sabrán quienes fueron Gallego, Camacho, Juanito o Santillana, pero yo sé, que nunca olvidaré sus nombres ni como vivía aquellas noches europeas dando saltos en mi cuarto con los goles que cantaba la radio o el insomnio tras las constantes derrotas a domicilio. Hace años la revista Líbero llevó a cabo una interesante y emotiva iniciativa, llevó al estadio del Camp Nou a varios ancianos aquejados de Alzheimer algunos de los cuales ya no reconocían a nadie e incluso habían dejado de hablar. Todos ellos comenzaron a recordar delante de las cámaras goles de Kubala y César o alineaciones que habían visto 60 o 70 años antes. Yo sé, que si llego a esa edad, podré recitar también aquellos onces o tararear eso de que Juanito la prepara y Santillana marca el gol porque lo que viviste con la ilusión de los 10 años siempre caminará contigo.





