Como si de una novela negra o un thriller se tratase, vamos a hablar de una trama que aúna especulación inmobiliaria, ambición deportiva, enfrentamientos personales, rivalidades históricas y proyectos faraónicos, además en el contexto de una dictadura decadente. Si, y todo esto sucedió en un lapso de tres meses en 1973 y a orillas de la Costa Fleming. Esta es la historia del proyecto de demolición del Estadio Santiago Bernabéu, liderado por el propio presidente del Real Madrid, Don Santiago Bernabéu.

Como hemos contado ya varias veces en esta sección, el factótum del Madrid era un adelantado a su tiempo, un duro negociador y sobre todo, un visionario. Lo fue tanto en el aspecto deportivo, siendo él mismo el supervisor de muchos fichajes como buen hombre de fútbol que era, pero también en aspectos tan alejados de la época como el marketing o la maximización de los ingresos. A finales de los años 40 Bernabéu había liderado el proyecto de construcción del Nuevo Chamartín y apenas 25 años después fue el adalid de algo radicalmente distinto: vender la parcela y trasladar el estadio al extrarradio de la capital.

La génesis de aquella idea, que muchos hoy desconocen y que suena tan audaz como compleja, hay que buscarla en varios puntos distantes en el mapamundi. Empezamos por Nueva York, donde encontramos a un ambicioso promotor inmobiliario que se convertiría con los años en uno de los magnates de la construcción en Manhattan. William Zeckendorf Jr. contaba apenas con 42 años, pero su vida ya era de novela. Era hijo de un magnate judío que a principios de los años 50 poseía icónicas construcciones como el Hotel Astor o el Edificio Chrysler, y se había hecho de oro vendiendo la inmensa parcela donde se ubicaría la sede de las Naciones Unidas. El bueno de William había servido en la guerra de Corea como oficial de inteligencia (¿puede haber algo más de peli americana?), antes de casarse con la hija del primer Secretario General de las Naciones Unidas y tomar las riendas del negocio familiar tras la bancarrota de su progenitor en 1965.

Desde ese momento, su olfato para los negocios inmobiliarios le convirtió en uno de los promotores más activos de la Gran Manzana. A finales de 1972 Zeckendorf, mediante un proyecto participado por un estudio de arquitectura suizo, puso sus ojos en la parcela que delimita el Paseo de la Castellana, Concha Espina, Padre Damián y Rafael Salgado.

El faraónico proyecto proponía la que sería la torre más alta de Europa en la época: 70 pisos y 248 metros de altura, así como un gran hotel de lujo rodeado de terrazas ajardinadas. En un mundo en crecimiento exponencial, a unos meses de que la Crisis del Petróleo hiciera saltar todo por los aires, y en un país que parecía abrirse a Europa con un régimen en sus últimas horas, la jugada parecía perfecta. El consorcio auspiciado por Zeckendorf contaba con inversores japoneses y americanos, dispuestos a pagar hasta 4.000 millones de pesetas al Madrid, una cantidad astronómica para la época.

En el diseño de la Torre de Plata (rimbombante nombre con el que se bautizó el rascacielos que iría en la esquina de Castellana con Rafael Salgado) y el parque adyacente se contó con dos arquitectos de renombre: Henry N. Cobb e Ieoh Ming Pei. El primero se quitaría la espina de levantar un rascacielos en Madrid en 2008 con la Torre Emperador en los terrenos de la antigua Ciudad Deportiva, ya con 82 años. Pei es considerado uno de los referentes arquitectónicos del siglo XX, con cientos de proyectos icónicos con su firma, quizás el más emblemático sea la pirámide del Louvre parisino. Para la parcela que se pretendía recalificar del Bernabéu, Pei diseñó una serie de jardines, estanques y espacios de esparcimiento, así como un lujoso hotel ajardinado que completaba el rompedor proyecto liderado por Zeckendorf.

Pero si hay un segundo perfil apasionante en esta historia es el de otro de los arquitectos implicados, al que había recurrido el Real Madrid para crear su revolucionario nuevo campo. Porque si estábamos hablando de arquitectos de renombre, Félix Candela, nuestro segundo protagonista no tiene mucho que envidiar a sus colegas Cobb y Pei. Y si la vida de Zeckendorf era de película, la suya no se queda atrás.

Candela era madrileño de cuna, nacido en el seno de una familia acomodada, fue campeón de esquí y rugby mientras se licenciaba en arquitectura en 1935, una mala época para tener sueños en nuestro país. Al estallar la Guerra, permanece fiel a la República alistandose en el Cuerpo de Ingenieros en el que alcanzaría el rango de capitán. Finalizada la contienda, se exilia en México tras pasar por los inhumanos campos de internamiento franceses. En el país azteca comienza una muy exitosa carrera profesional que le llevará a ser considerado uno de los mejores arquitectos de su generación, tanto por sus edificios singulares como el Palacio de los Deportes de México 68 como sus diseños prácticos que hacían más fácil la vida de la gente corriente. El rasgo más singular de su trabajo sería la utilización del arco abovedado en las cubiertas lo que confiere ligereza, luminosidad y espaciosidad a sus edificaciones, reduciendo además el coste de la construcción. Tras ser catedrático en la UNAM, a principios de los 70 se traslada a EEUU para seguir con su carrera profesional y dar clases en la Universidad de Illinois.

A finales de 1972 recibe el encargo de diseñar el que se pretendía que fuera el estadio más moderno del mundo, además en la misma ciudad en la que nació y llevaba casi 35 años sin poder pisar. El proyecto que Candela diseñó desde su estudio de Chicago para el Nuevo Bernabéu y que debía levantarse en “un terreno situado al norte de Fuencarral, adyacente al cruce de la variante de la carretera de Irún con la de Colmenar” era rompedor. El arquitecto madrileño unió tanto las exigencias del club como las posibilidades técnicas más punteras del momento para diseñar un recinto para 120.000 espectadores en varios anillos concéntricos y una cubierta atirantada que recordaba mucho a la del Estadio Olímpico de Múnich de los JJOO de ese 1972.

En la asamblea de socios del 5 de septiembre de 1973, los socios compromisarios del Real Madrid aprobaron el proyecto defendido con fervor por su presidente. A su lado, Raimundo Saporta o Luis de Carlos, como el resto de la Junta, respaldaba una idea que se basaba en la creencia de que el centro de las grandes ciudades ya no eran el lugar adecuado para un recinto de esa entidad. Adelantándose a lo que hemos visto en el último medio siglo, los grandes estadios han ido trasladándose al extrarradio de las capitales, y precisamente eso quería Bernabéu ya en 1973.

Además, se jugó una baza estratégica para tratar de ablandar a las autoridades reacias al cambio: crear un estadio para el Mundial de 1978 y los Juegos Olímpicos de 1980 con los que soñaba el régimen. Pero el diseño innovador de Candela no solo constaba de un estadio con 60.000 localidades sentadas (algo sorprendente en aquel momento) o aparcamiento para 8.000 coches, sino que creaba un entorno que el propio Boletín del Real Madrid de octubre de 1973 definía como “instalaciones deportivas con suficiente espacio para adaptarlas a cualquier competición de carácter internacional e incluso olímpico”. En otro punto del mismo medio oficial se habla de “una enorme zona verde destinada al descanso y la distracción de los socios y sus familias con piscinas, tenis (bajo techado), parque zoológico infantil, club campestre, es decir, una especie de Disneylandia».

Tras el respaldo de la masa social, se organizaron presentaciones de las maquetas del doble proyecto en el Palacio de Exposiciones y Congresos y el Círculo de Bellas Artes. Del mismo modo se presentó a los medios, confiando en tener la misma suerte que Atlético de Madrid y FC Barcelona habían tenido con la recalificación de sus estadios Metropolitano y Les Corts, años atrás. Pero, a pesar de lo que se ha ido trasladando con el tiempo, eso de la connivencia del club blanco con un franquismo que se aprovechaba de los éxitos deportivos para sacar pecho en Europa, la realidad era otra.

En primer lugar, la prensa afín al régimen (no había otra) comenzó a criticar el proyecto acusándolo poco menos que de aberración urbanística. Se publicó que era un horror estético que, además, iba a empeorar el tráfico de la zona. Por otra parte, los propios Bernabéu y Saporta (su mano derecha durante más de 30 años) realizaron sendas presentaciones en los palacios de El Pardo y de la Zarzuela al Jefe del Estado y su heredero, Franco y el Príncipe Juan Carlos. Se dice que a Carmen Polo le encantó el proyecto, y que el príncipe no demostró demasiado interés al no tener poder de decisión, pero a Franco no le convenció la idea y ordenó archivarla. Se dijo que realmente la “mano negra” detrás de esa postura venía de la opinión negativa del alcalde de Madrid, Carlos Arias Navarro. Al parecer la oposición frontal de Arias Navarro se basaba en dos puntos, por un lado, creía que todo era fruto de la especulación inmobiliaria y que el proyecto generaría más inconvenientes en el tráfico. También se negó, según trascendió, y en el caso de un ferviente franquista como él este punto es fundamental, porque no estaba dispuesto a que un socialista fuera el arquitecto del nuevo estadio.

Sea por lo que fuera, el proyecto no consiguió la doble recalificación que se buscaba, con lo que a finales del mismo año 73 todo quedó abortado y ya nunca más se volvió a plantear algo semejante. Dicen que el cabreo de Don Santiago Bernabéu resonó en los leones de la Cibeles y, aprovechando las licencias de la edad y los estertores del régimen declaró públicamente que el Madrid se sentía dolido, menospreciado y hasta discriminado. A finales de esa década se planeó la remodelación del estadio de cara al Mundial 82 (con Saporta de presidente del Comité Organizador) lo que generó una enorme deuda al club. Con el tiempo, aquel estadio que diseñó Candela (moderno, cubierto, sentado) fue haciéndose realidad en el Bernabéu que todos conocemos, pero a cambio de generar gran impacto en las arcas del club, la movilidad de la zona y, por supuesto, la convivencia de los vecinos.