En la Costa Fleming hay un rincón donde Madrid y el barrio se recogen, como si entraran a confesarse. Se llama Botillería y Fogón Sacha, aunque en realidad podría llamarse simplemente CASA. El local está escondido entre los inmuebles y las plantas, igual que esas direcciones que uno apunta en una servilleta y guarda en la cartera para siempre. En la fachada no sucede gran cosa, y por eso ocurre todo dentro: luz recogida, mesas con mantel y una liturgia que los parroquianos conocen de memoria. Aquí no se viene a posturear; se viene a rendirse.

Sacha es un restaurante y un relato que se cuenta solo. En sus platos hay algo españolísimo y a la vez de ninguna parte: un guiso de infancia, una tortilla vaga, venga, un vino, también a sobremesa larga, esas recetas que parecen improvisadas, pero llevan media vida de oficio y lo que le queda. Cuando el dueño aparece, con ese humor de cuchillo japonés, entiendes que no estás ante en un restaurante o ante un menú único, sino ante una conversación.

Cenar en Sacha es dejarse llevar por un Madrid inexistente, tranquilo, pausado, clásico y muy vivo. Los coches pasan por Juan Hurtado de Mendoza y en la galería de acceso pasan cosas serias: la posibilidad de volver a creer en la cocina como un gesto íntimo. Y eso, en estos tiempos de fotos de platos, cocinas abiertas y gourmetización, es casi un milagro.