Me siento frágil al asomarme al mundo. Siento el mundo frágil al asomarse al futuro. Vulnerable, como si estuviera a punto de quebrarse y necesitara, más que nunca, ser protegido… aunque solo fuera con papel de burbuja. Lo percibo en la calle, en las conversaciones con los vecinos: hablamos con más cautela que entusiasmo. Y no es miedo. Es otra cosa. Quizá una nueva conciencia que nos acompaña en el café de la mañana. La sospecha de que el mundo ya no se apoya en cimientos sólidos, que se tambalea sobre una mesa que cojea.
Caminando por las calles veo locales en el barrio que cambian de manos, persianas que bajan sin hacer ruido y otras que se levantan con una valentía casi heroica. Nada parece definitivo, ni siquiera aquello que creíamos estable. Y, sin embargo, aquí seguimos, con nuestras heridas y nuestras tragedias, haciendo equilibrios para mantener el pulso. Aceptando que bajo los adoquines de la Costa Fleming no hay un suelo firme, pero sí tierra fértil.
Todo existe porque alguien, en algún momento, se tomó el tiempo y el esfuerzo de colocarlo ahí. Vamos construyendo el día a día, con pulso, paciencia y una delicadeza que este tiempo urgente y embrutecido parece haber olvidado. Sabiendo que una llamada inesperada, una mala decisión o una carta de Hacienda puede hacer estallar alguna burbuja…estamos a un diagnóstico de distancia de rompernos en pedazos. Y, sin embargo, el barrio se mantiene en pie. Y eso es una pequeña proeza. Hermosamente frágil. Hay belleza aquí donde la luz se cuela por las grietas. Lo delicado es bello y cálido. Y cuidar de lo frágil bien merece una vida.
En medio de todo eso estamos nosotros. Frágiles. Como individuos y como sociedad. A veces cansados, sí, pero atentos. Más conscientes de nuestros límites y, quizá por eso, más sensibles a lo que realmente importa: los vínculos, los cuidados y los espacios compartidos. La necesidad de sostenernos unos a otros cuando las grandes estructuras ya no ofrecen la seguridad de antes.
Este número de Alexander nace desde ahí. Desde la fragilidad entendida no como debilidad, sino como una condición esencial de todo lo que está vivo y es bello. Desde la idea de que aceptar lo frágil y cuidarlo no nos hace menos fuertes, sino más presentes. Más cuidadosos y más humanos.
Tal vez no se trate de construir cosas que no puedan caer.
Tal vez se trate de aprender a habitarlas mientras duran.
Como un mundo envuelto con cuidado en papel de burbujas,
consciente de que puede romperse,
pero decidido a seguir girando, al menos por ahora.

