La grulla coronada es una rara avis entre las grullas: no migra, permanece en la sabana desafiando al tiempo y las estaciones. Su quietud contrasta con el impulso de otras aves, que atraviesan continentes en busca de climas más amables en Europa. Algo de esa grulla habita en este número de Alexander, el 17, y también en nuestras ciudades: lo estático que permanece inmóvil mientras todo alrededor se mueve.
“Nadie se baña dos veces en el mismo río”, decía Heráclito. Si hubiera nacido en Madrid quizás añadiría: “pero uno puede tropezar veinte veces con el mismo bordillo levantado”. Porque si la vida es cambio y movimiento —coches, bicicletas, transeúntes frente a los escaparates de temporada—, la escenografía donde todo sucede se mantiene casi inmutable. En otras palabras, el río cambia; la orilla permanece.
Lo estático en la ciudad se escribe en el asfalto, el hormigón y los ladrillos. Edificios, plazas y aceras observan nuestro paso, testigos mudos de nuestras prisas. La arquitectura y el urbanismo parecen recordarnos que algunas cosas deben durar más que el trending topic de turno. Cuestión de cordura. Aunque no siempre lo conocido tranquiliza. Da vértigo comprobar que el firme y las certezas se tambalean últimamente (valores, instituciones, el bien, el mal, el amor, la vida…). Saber que algo no cambia produce una sensación extraña, entre la calma y una melancolía de segunda mano.
En la Costa Fleming siguen los bloques de viviendas de los sesenta, firmes como los recuerdos de quienes crecieron en ellos. Las plazas que nunca fueron plazas, como la de Castilla, concebida más como un carrusel de coches que como un lugar de encuentro. O los proyectos que pudieron ser pero nunca fueron, recordándonos que las ilusiones y los sueños también son transitorios. Quizás lo estático apela a nuestra fragilidad: el hormigón resiste más que la memoria, la piedra sobrevive a nuestras utopías. En el mundo líquido de Bauman, necesitamos islas sólidas donde apoyarnos y así lo permanente nos da continuidad permitiendo que lo cambiante tenga algún sentido, sea el que sea.
Lo más curioso de todo esto es que lo estático también cambia, aunque a otra escala. El hormigón se agrieta, la piedra se pule con los pasos y la lluvia y los edificios envejecen. Lo inmóvil se convierte en lo dinámico pero a cámara lenta. Tal vez en esa lentitud haya una lección. Vivimos tiempos inciertos, en la que toda seguridad termina por resquebrajarse, y, sin embargo, incluso un muro medio derruido o una plaza oculta por los coches revelan que la ciudad resiste. Y si resiste la ciudad, también podremos resistir nosotros.

