En los “Poemas del alma”, Juan de la Cruz repite hasta 11 veces la expresión “aunque es de noche”. Bellos versos que encierran su secreto: El combate que los humanos experimentamos. La atracción y el rechazo que sostienen, a la vez, la luz y la noche. Una queja del alma.

Quizás leas este cuento tomando un café en alguno de los bares de nuestro barrio. O echado cómodamente en el sofá de casa, dejando volar la imaginación, las ensoñaciones, los demonios propios que se quedaron a vivir en algún rincón del alma. Pero estás ahí. Mientras camino junto a Juan por nuestro barrio, y más allá, descubriendo el paisaje de esta noche de nuestro tiempo.

Continúo. Había pasado la media noche cuando terminé de leer a Peter Handke, Nobel de literatura 2019, su “historia de demonios”. Decidí salir a dar una vuelta por nuestro entorno. Mucha oscuridad. Evidente falta de luz. Incluso en la explanada de Plaza Castilla, cuando accedí a ella. ¡Qué falta de claridad hasta en el firmamento! Aunque varios edificios mostraban sus ventanales iluminados, lo que brillaba era tan frío que no iluminaba. Dentro, quizás, la vida imaginada, cotidiana. Refiriendo historias, escuchando la radio a la vez que viendo la tele. Quizás leyendo, y permitiendo que la luz congelada llegase a la calle. Juan y yo caminábamos tropezando.

Una densa sombra, nada parecida a la niebla, envolvía a las pocas personas con las que nos cruzábamos. Caminaban como sobrecargadas. Nadie nos saludó con un “buenas noches”. Ninguna sonrisa. Algunas hablaban solas o respondían al pinganillo que llevaban en su oreja. Es verdad que no eran horas de salir a pasear. Pero nuestro barrio es tranquilo y casi seguro. Pocas personas por la calle. Las que pasaban junto a nosotros aligeraban el paso. Cosas de la noche o el cansancio de la jornada. ¿Quién era ese que estaba sentado en los bancos de cerámica que hay en la calle que desemboca en la plaza? Mucho cartón y un saco sucio de dormir. Quizás uno de “los que se anulan a conciencia la conciencia”. No juzgues, dice Juan.

Continuemos. Al llegar a una de las bocas del metro, alguien sale con un libro bajo el brazo. Saluda y se presenta.

– Hola. Mi nombre es Peter.

–  Hola. Buenas noches

– ¿Quieren que les cuente una historia de demonios?

–  No, gracias. ¿De qué país vienes?

– Estoy en tránsito. Busco un país nuevo. Intento dejar atrás mi vacío persistente.

– Uuuffffff ¡cómo está el mundo! ¿Hasta qué hora está abierto el metro?

Los semáforos se habían detenido en rojo. Algunas siluetas están cruzando sin atención. Desaparecen. Huyen. Creo que saltan de una exposición cercana: UN MUNDO DIVIDIDO. EL MURO DE BERLÍN. Testimonios sobre ambos lados del muro. Herida abierta en la vieja y culta Europa. Fantasmas que no quieren ser reconocidos, pero que siguen persistentes. Corren Castellana abajo, como alma que lleva el diablo. Otros, ¿qué pasa con los otros? Lloran porque no sólo se dividió Berlín. Tiempo de fantasmas y cadáveres, de demonios y ganas de vivir.

En una garita de frontera parpadea una luz amarillenta. Forma parte de la exposición, pero ha tomado vida propia elevándose para controlar los espíritus de quienes saltan la balla. Al otro lado del semáforo pierden sus contornos, como quien va de paso. ¿Los pierden o es nuestra mirada? Huyen, como solo saben huir los demonios. Asombrados por la visión continuamos la conversación con Peter que nos habla de sus ganas, su necesidad de llegar a “otro país”. Quizás un país sin demonios en el que las noches sean serenas y plácidas, válidas para leer y descansar.

Continuamos caminando Peter, Juan y yo. Aceptamos las sombras que saltan del otro lado de la verja que protege la exposición, pese a la garita. Huyen de nosotros, “como solo saben huir los demonios”, en silencio. Peter, nos aclara, “son víctimas”, pero no todas, porque hay un tipo de demonio que nos grita con los “labios cerrados”. Gritos sordos, sin vocales. Gritos interiores. Incesantes. Gritos de la noche. ¿Son los que escuchaba Juan de la Cruz? ¿O los que solo puede escuchar un Nobel de literatura?

Los más cercanos a nosotros semejan una procesión. Cortan el paso para que desfilen coches de los años 40, motos, bicicletas, carricoches sin bebés, zapatos con suelas agujereadas … tanques, ruidosos aviones, órdenes, órdenes, órdenes … ¿Quién puede escuchar gritos sin vocales, pronunciados con los “labios cerrados” en La Castellana?

Peter sonríe y a media voz nos dice que esta es una “época de endemoniados”, que quieren gritar sin la más mínima exclamación.

Vamos Castellana abajo. Se detiene en la entrada de otra exposición. Casi no hemos notado la distancia, como quien viaja en una nube. Donde entramos hay pinturas ricas en colores, solo alguna en blanco y negro; pero muestran multiplicidad de formas humanas deformadas. Un cartel indica CHAGALL, un grito de libertad.

Llama mi atención un crucificado pintado sobre papel con tinta china. En grises y negro. Alguien que no es una figura humana, espantoso, con una esvástica en el brazo, intenta poner o quitar los pies de Cristo del peldaño de una escalera. Un reloj marca el tiempo junto al brazo izquierdo del crucificado. Manchas. Y algo parecido al infierno sufrido en esos años cuarenta, y después, por gente sencilla, por el pueblo.

Peter en su “Día en el otro país”, quizás inconscientemente, me evoca el proceso que recorren muchas personas que eligen caminar bajo la luz del Evangelio. Todo es quietud ahora. Quizás estos espíritus estén dormidos. Hay muchas manchas de color. Son los mismos años en las dos exposiciones, pero aquí los deformados están fijos en los cuadros. Dominan los colores y la experiencia humana de un éxodo.

Handke habla ahora de la fuerza liberadora de una mirada, la del “Buen Espectador”: “me supe mirado por esos ojos como jamás había sido mirado por nadie. Aquello no era solo un mirar sino, más allá de eso, era ¡además! un presenciar, un puro acompañar, un participar desinteresado, amigable. Esa mirada de ningún modo quería ser vista. Y sin embargo lo fue. ¡Y de qué manera! … salieron los demonios, me liberé del demonio … fue como si se esfumaran.

Hemos entrado en una habitación con tres lienzos, como quien entra en un templo: Resistencia, pintado entre 1937-1948. El segundo se llama Resurrección, contemporáneo del anterior. Y el tercero, más tardío, se llama Liberación. Un sentimiento hondo nos lleva a una zona interior, a ese lugar donde brotan las plegarias, la oración libre.

Ahí están las tragedias y encrucijadas históricas que han generado tanto sufrimiento, tantos fantasmas y demonios. Hemos llegado hasta el óleo sobre lienzo de lino llamado El Éxodo, terminado en los años 60, en el que toda la humanidad se cobija bajo el Cristo Crucificado, el judío inocente ejecutado. Resistencia, Resurrección, Liberación. Se diría que Chagall nos traza un camino como el “Buen Espectador”, como quien conoce los demonios que expulsa la bondad y los hace huir, aunque continúen vagando por la historia.

Se me ocurre que por esta vez el “Buen Espectador” podría ser Jorge Bustos en su libro CASI, al ayudarnos con la pregunta: “¿A partir de qué grado de carestía material se pierde el espíritu?” “¿se pacta con los demonios? “¿Qué necesita el espíritu para alzarse sobre la degradación material?

En Chagall desaparecen los fantasmas, “aunque su ambiente no sea muy profético; al contrario, nefasto. Él nos recuerda que “tenemos que luchar”. Quiere fomentar la paz universal y la armonía entre los pueblos. Es el hombre que nos muestra al ángel de la paleta, el espíritu con sus alas manchadas de sangre, para que desaparezcan nuestros fantasmas, los demonios que nos roban la paz.

Casi al alba, retornamos a casa. Juan a su evangelio. Aclarándome que “Jesús, el judío inocente, no se reserva ni el poder ni los conocimientos necesarios para recuperar a las víctimas de los espíritus malignos”. Y leo en el Evangelio, esta vez de Lucas: “La corporeidad de Jesús es diferente a la de su vida terrena, por ello se aterrorizan ya que creían “ver a un fantasma”. (Lc 24, 35-48). Mientras, Juan se ha puesto a cantar: “su claridad nunca es oscurecida y sé que toda luz de ella es venida, aunque es de noche.” ¡Qué hermosa tensión!