En Alexander num 16 hemos querido explorar las utopías, los propósitos y los deseos con la mirada curiosa de ese niño en la portada. Nos repitieron que las utopías no existen, y sin embargo aquí estamos, apuntando hacia ellas como quien señala la luna desde un balcón, convencidos de que, si no podemos tocarla, al menos podemos soñarla. ¿Nuestros anhelos son faros que nos guían o son espejismos que desaparecen al acercarnos a la realidad? ¿Nos impulsan a avanzar o nos condenan a otra frustración? ¿Creemos de verdad que el futuro nos trae algo mejor o nos conformamos con seguir respirando en este presente tan loco?
Seamos sinceros, sin un poquito de utopía la vida se nos haría muy cuesta arriba. Es el motor invisible que nos mueve y nos empuja a inventar coches voladores, a escribir canciones, a construir rascacielos o a mantener a flote un negocio después de más de 35 años en la brecha. En definitiva nos ayudan a buscarle sentido a este mundo sin instrucciones. Recuperar las utopías significa devolvernos la posibilidad de transformar la realidad y recordar que, por difícil que parezca, la historia sigue siendo un campo abierto a la imaginación y al cambio. Porque si algo sabemos hacer bien es soñar, aunque sea con retirarnos abriendo un chiringuito en la playa.
La construcción de un barrio es la construcción de un sueño compartido. Y ahí es donde radica el verdadero chiste: todos soñamos distinto. Las Ciudades Invisibles soñadas por Italo Calvino es una utopía en sí misma de ciudades imposibles, modernas e imaginadas. Hay quienes proyectan ciudades de calles anchas, iguales y ordenadas, otros prefieren los laberintos vibrantes donde todo cabe. Algunos quieren la eficiencia suiza y otros, el caos delicioso de un mercado callejero. Nadie tiene la receta definitiva, pero lo que sí es seguro es que soñar nos obliga a mirar más allá del pavimento que pisamos y preguntarnos si ese espacio entre edificios podría ser un jardín donde los niños vuelvan a jugar en las calles y encontrar así en la ciudad algo más que ladrillos, asfalto y semáforos sincronizados.
Estos anhelos nos mantienen despiertos mientras la rutina, las noticias y la política amenazan con aplastar todo aquello que creíamos que era bueno. Las utopías también son la base de toda revolución, y aunque tengan mala prensa, están detrás de cada descubrimiento y de cada historia que merece ser contada. Por supuesto, no todas las utopías son igual de nobles. Algunas tienen la manía de disfrazarse de realidades absolutas y terminan convirtiendo los sueños en pesadillas. Otras, en cambio, nos enseñan que el simple acto de imaginar un mañana distinto ya es un triunfo en sí mismo. Y así seguimos, entre grúas y sueños, construyendo un barrio compartido y una ciudad que nunca estará terminada, pero que siempre será nuestra. Así que brindemos por los propósitos que nos hacen mejorar, las utopías que nos hacen volar y por los deseos que quedan por cumplir. Y, si alguna vez alguien nos dice que no vale la pena soñar, recordemos que hace menos de un siglo también nos dijeron que la luna era inalcanzable.

