Tras el bombardeo de Pearl Harbour, Estados Unidos se convirtió en el chico más popular del Instituto Tierra: cachas, dentadura perfecta, innovador, con punch y la leyenda «libertad» estampada en una beisbolera. Aquellos americanos que inventaron el rock and roll, habitaron el Edificio Corea y pusieron a un hombre con apellido de trompetista en la Luna, nos vendieron muy bien la idea de que su American Dream era exportable si combinabas la dosis justa de Coca-Cola, inocencia, hamburguesas, cultura emprendedora y pistolas. Hollywood hizo el resto, dictando las modas desde California y arrasando con el método Vaughan entre los aficionados al inglés, pero ¿cuándo se torció la cosa?

Como en toda comedia de Billy Wilder, el guión dio un volantazo con el asalto al Capitolio. Del héroe con capa al vikingo con cuernos, de la calle al hemiciclo: líderes que hacen declaraciones más propias de un monólogo de stand-up, políticas sacadas de un episodio de Los Simpson… Así, el país que una vez dirigió los designios del mundo ahora parece estar en un eterno sketch del Saturday Night Live. Las decisiones económicas y diplomáticas se toman con la misma seriedad que una apuesta en Las Vegas, y el resto del mundo observa entre la nausea y la incredulidad.

Am I dreaming?

No, está ocurriendo, asshole!

Mientras algunos recuerdan con nostalgia una Norteamérica gobernada por alguien digno de una peli de los 80, otros no pueden evitar llorar ante el espectáculo protagonizado por un ogro naranja con firma de serrucho que parece empeñado en hacer saltar todo por los aires. Quizás, en el fondo, lo que realmente nos molaba de los americanos era su capacidad para descubrir el talento y reinventarlo, una manera de vivir a lo grande en un mundo cada vez más pequeño y dependiente. Y quién sabe, quizás así empieza lo malo cuando lo peor quedó atrás. Continuará.